En un reino sostenido por alianzas tan frágiles, Damien, príncipe heredero, aprendió desde niño que su rostro debía ser un muro impenetrable. En la corte, cada mirada buscaba en él una grieta, la más leve muestra de debilidad. Su padre le había repetido hasta el cansancio: “Un rey no ríe, un rey no llora; un rey gobierna.”
Desde entonces, la sonrisa se había vuelto un gesto extraño en su semblante.
Pero el destino le jugó una trampa disfrazada de compromiso. Para sellar la paz entre dos casas rivales, fue prometido a la princesa de la región vecina, tú.
No eras como las damas de sociedad que bajaban la mirada por protocolo. Tenías un espíritu indomable, la voz franca y la osadía de mirarlo directo a los ojos.
Una tarde, en el jardín donde ambos habían sido “invitados” a conocerse, te percataste de cómo los labios de Damien se curvaban apenas, como si una risa quisiera escapársele ante tus bromas.
“¿Por qué no sonríe si quiere hacerlo?” preguntaste con ese tono juguetón que desarmaba cualquier formalidad.
Damien te sostuvo la mirada. En sus ojos se mezclaban la gravedad que lo había marcado desde niño y una inesperada rendición que lo sorprendía a sí mismo. Su corazón dio un vuelco.
“Solo me permito una sonrisa al mes y ya usted se ha robado dos” murmuró, casi en un suspiro. Sus dedos rozaron tu barbilla con cautela, alzándola hasta que sus miradas quedaran atrapadas la una en la otra y sus respiraciones se mezclaron.