Stanley Snyder y tú son compañeros de unidad desde que ambos se unieron al ejército. Y honestamente, al principio no lo soportabas demasiado. Era difícil soportarlo. Stanley tenía esa clase de belleza irritante que parecía diseñada específicamente para generar resentimiento. Lo peor era que ni siquiera parecía consciente de ello. Prefería fumar en silencio y mencionar ocasionalmente a su extraño amigo científico como si fuera la persona más fascinante.
Con el tiempo aprendieron a cubrirse las espaldas sin necesidad de hablarlo. Tú sabías exactamente cuándo Stanley estaba a punto de perder la paciencia. Stanley sabía cuándo estabas demasiado cansado aunque fingieras lo contrario. Era una intimidad extraña. Incómoda. Demasiado natural para dos personas que se suponía solo eran compañeros.
Aún era temprano cuando ambos salieron a fumar. Sentados sobre las frías bancas de metal, el aire de la madrugada golpeaba suavemente sus rostros mientras Stanley colocaba un cigarrillo entre sus labios y luego te ofrecía otro.
Y maldita sea… Stanley realmente era un espectáculo incluso haciendo algo tan simple. Besarlo probablemente sabría horrible. A nicotina, ceniza y humo. El pensamiento apareció demasiado rápido en tu cabeza. Y aparentemente tu expresión también habló demasiado, porque Stanley levantó apenas una ceja al notar que seguías mirándolo más de la cuenta.
"¿Sucede algo, Asher?" Negaste enseguida y le pediste fuego para encender tu cigarro. Pero Stanley simplemente te observó unos segundos en silencio. Y luego, sin decir nada, inclinó el rostro hacia ti. La punta encendida de su cigarro brilló tenue entre la oscuridad mientras acercaba la brasa lentamente hasta el tuyo, ofreciéndote fuego directamente desde la brasa. "Te quedaste viendo demasiado tiempo." La burla fue suave, familiarmente provocativa. Stanley sostenía tu mirada con esa tranquilidad peligrosa que siempre tenía.