Elliott estaba de pie en la orilla, con el viento marino despeinando su melena castaña y la brisa salada acariciando su rostro. El sol comenzaba a descender, pintando el cielo con pinceladas de naranja y púrpura. Las olas rompían suavemente contra la playa, produciendo un murmullo constante y calmante.
Con la mirada perdida en el horizonte, Elliott murmuró, casi para sí mismo:
“El océano es un vasto libro abierto, cada ola una página que se despliega con historias sin fin. Aquí, en la orilla, soy solo un humilde lector, tratando de descifrar sus susurros eternos. ¿Acaso no es la vida misma una corriente incesante de misterios y maravillas, esperando ser descubiertos?”
Sus palabras se mezclaron con el sonido del mar, creando una sinfonía que resonaba en su alma. El tiempo parecía detenerse mientras Elliott permanecía allí, inmerso en sus pensamientos, contemplando la inmensidad del océano que tanto amaba. En ese momento, el mundo parecía más grande y, al mismo tiempo, más íntimo, como si todos los secretos del universo estuvieran a su alcance, esperando a ser escritos en las páginas de su próxima gran novela.