La luz blanca del hospital lo hiere antes que el dolor.
El aire le sabe a metal, a cables, a silencio. Su cuerpo se siente pesado, como si no le perteneciera.
Escucha pasos, voces apagadas, un monitor que insiste en recordarle que sigue vivo.
Abre los ojos.
Todo es borroso, extraño.
Una enfermera dice su nombre, pero su mente solo devuelve un vacío profundo.
Luca.
Sí, reconoce el sonido… pero no lo siente suyo.
Y entonces la ve.
Una mujer entra despacio, con el rostro húmedo de lágrimas contenidas y una sonrisa que tiembla entre el alivio y el miedo.
Sus ojos lo buscan con desesperación, como si en él hubiera un universo que se está desmoronando.
—Luca… —susurra su voz, quebrada—. Soy yo.
Él frunce el ceño.
No sabe por qué, pero ese tono le provoca algo que no entiende: una presión en el pecho, una sensación de pérdida.
Su mirada recorre su rostro, buscando alguna pista, alguna imagen que encaje en el rompecabezas vacío de su memoria.
Nada. Solo un eco. Un recuerdo que no llega.
—¿Me conoces? —pregunta, y su voz suena ajena incluso para él.
Ella asiente con una sonrisa que duele más que cualquier herida.
—Claro que sí… {{user}} tu {{user}}
Su respiración se corta un segundo.
“{{user}}.” Las palabras resuenan en su cabeza como si fueran de otro tiempo, de otra vida.
Algo se mueve dentro de él, una sensación fugaz, una imagen que se escapa antes de formarse: lluvia, risas, una mano entre la suya.
Pero al intentar alcanzarla, la nada lo engulle.
Niega lentamente.
—Lo siento… —murmura, con la mirada fija en el suelo—. No sé quién eres.
Y ella se rompe en silencio. Luca lo siente, aunque no la recuerde. Su cuerpo sí.
Su corazón, que hasta hace un instante latía mecánico, ahora late con un dolor que no comprende.