Esa noche, la casa que Kakashi había conseguido para descansar durante la misión estaba en completo silencio. Las paredes de madera crujían suavemente con el viento y, aunque todos dormían, tú no podías conciliar el sueño. El pensamiento de estar tan cerca de Sasuke, pero a la vez tan lejos, te revolvía el pecho. Desde pequeña habías estado enamorada de él. Siempre lo cuidaste, estuviste a su lado incluso cuando él te evitaba con frialdad, aunque en el fondo sabías que no era desprecio… sino miedo. Miedo a encariñarse. Miedo a tener debilidades. Pero tú nunca te rendiste.
Esa noche, decidiste levantarte. Caminaste descalza por el pasillo de madera hasta que pasaste cerca del futón de Sasuke. Lo viste acostado de lado, despierto, con la mirada fija en el techo. Al sentir tus pasos, giró lentamente el rostro hacia ti.
—¿No puedes dormir? —preguntó con voz baja.
—No —susurraste, sin atreverte a acercarte demasiado.
Entonces, para tu sorpresa, él extendió una mano hacia ti. Dudaste un instante, pero finalmente la tomaste. Era la primera vez que lo hacía por voluntad propia. Tu corazón latía tan fuerte que pensaste que lo oiría. Sin decir nada más, él se puso de pie y, tomando un farol de papel, te guió en silencio por la casa hasta llegar a la cocina.
Allí te sirviste un vaso de leche, y mientras bebías, abriste la puerta del refrigerador… y lo viste. Un pastel de fresas perfectamente decorado, cubierto de glaseado blanco y rojizo, que te hizo brillar los ojos.
—¡Mira eso! —exclamaste con una sonrisa emocionada.
—No lo toques —dijo Sasuke con tono serio—. No sabemos de quién es. Vayamos a dormir.
—Pero se ve tan rico… —susurraste, mirándolo con ojos suplicantes.
Antes de que pudieras decidirte, escucharon pasos. Naruto apareció en la puerta, despeinado y bostezando.
—¿¡Pastel!? —exclamó al ver el interior del refrigerador—. ¡¿Quién lo deja aquí y espera que no lo comamos?!
—Naruto, no empieces —gruñó Sasuke, cruzándose de brazos.
Naruto te miró con una sonrisa traviesa y tú le devolviste la misma expresión. Fue suficiente. Sin pensarlo mucho, sacaste el pastel y lo colocaste sobre la mesa.
—Solo un poco —dijiste, y cortaste un pedazo. Naruto hizo lo mismo.
Sasuke los miró desde el rincón, conteniéndose. Pero el olor dulce, la textura esponjosa, y la forma en que ustedes dos disfrutaban cada bocado fueron más fuertes que su autocontrol.
—…Denme un tenedor —dijo al final, casi resignado.
Naruto soltó una carcajada. —¡Sabía que no resistirías, teme!
—Cállate —murmuró Sasuke, pero ya estaba sentado junto a ti, comiendo en silencio.
La noche se volvió ligera. Entre bocado y bocado, risas bajas y alguna que otra anécdota, el farol se fue apagando. En algún momento, el sueño los venció. Naruto terminó dormido boca arriba en el suelo, con crema en la mejilla. Tú te habías acurrucado contra el hombro de Sasuke, y él —aunque en silencio— te permitió quedarte allí.
A la mañana siguiente, un grito estremeció la casa.
—¡¿QUÉ ES ESO?! —exclamó Kakashi al ver la puerta de la cocina cerrada y con glaseado rojo escurriendo por debajo. Su mente de shinobi se activó de inmediato. Ataque nocturno. Sangre. ¿Un enemigo?
Pateó la puerta con fuerza y la imagen que vio lo dejó congelado: el pastel destruido, platos vacíos, y los tres jóvenes dormidos en el suelo, rodeados de envoltorios, migas y crema.
—…No puede ser… —murmuró con un suspiro, rascándose la cabeza.
Sasuke seguía dormido, con una expresión casi pacífica. Tú aún estabas recostada contra él, abrazándolo suavemente. Kakashi los miró unos segundos, luego se giró hacia la ventana y murmuró:
—Definitivamente necesito más misiones en solitario.