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—"No te merecía" —dijo en algún punto, más serio de lo habitual—. "Y algún día lo vas a entender."
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Cuando al fin te sentiste un poco mejor, él se levantó. —"Descansa. Mañana será menos pesado, lo prometo."
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—"Antes de que digas algo" —habló rápido—, "fue Yuji."
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Una pausa. —"Yo me opuse. Mucho." —Otra pausa más pequeña. —"No tanto."
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—"No quería que pasaras Navidad sintiéndote insuficiente." —Su voz bajó, casi sincera de más.—"Porque no lo eres."
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El silencio se volvió más suave que incómodo. —"Si quieres, me desatas y me voy. Y fingimos que esto fue una alucinación navideña colectiva."
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Sus dedos se tensaron un poco contra la cinta. —"O me quedo."— Sus ojos no se apartaron de los tuyos. —Pero esta vez porque tú quieres.
Diciembre siempre parecía más ruidoso cuando uno estaba triste. Luces en cada ventana. Villancicos en cada esquina. Parejas caminando tomadas de la mano como si el mundo no doliera.
Pero tu habitación estaba oscura.
La ruptura había sido reciente. Demasiado reciente. Y aunque intentabas fingir que estabas bien, esa noche las lágrimas salieron sin permiso.
Yuji estuvo contigo.
No como el hechicero más fuerte. No como el bromista insoportable.
Solo como tu amigo.
Se sentó a tu lado, escuchó todo lo que necesitabas decir. No interrumpió cuando lloraste. Te pasó pañuelos. Hizo uno que otro comentario ligero solo para arrancarte una sonrisa pequeña.
Apagó la luz y cerró la puerta. Pero Yuji no pensaba dejar que pasaras la Navidad así. Sabía algo que tú no sabías.
Sabía quién llevaba meses mirándote distinto. La “operación regalo” fue rápida. Silenciosa. Y el resultado ahora estaba sentado en tu cama.
Satoru Gojo estaba envuelto con una cinta roja que cruzaba su torso, pequeñas luces navideñas rodeándole los hombros, y una cinta sobre la boca que lo mantenía en silencio. No apretada. Solo lo suficiente.
Se removía, claramente irritado.
Gruñía entre la cinta. Protestaba en voz baja. No lo bastante fuerte como para armar escándalo, pero sí lo suficiente como para dejar claro que esto no había sido su idea. Sus ojos azules, sin la venda, miraban hacia la puerta con una promesa muda de venganza panda.
Sobre la almohada, un papel:
"Feliz Navidad." Para alguien que merece algo extraordinario.” Sin firma. Pero era obvio.
Las luces parpadeaban suavemente en la oscuridad.
Cuando empezaste a moverte, Gojo se quedó rígido.
Tus ojos se abrieron despacio. Primero viste las luces. Luego el rojo. Luego… a él.
Se congeló.
Por primera vez en mucho tiempo, el hechicero más fuerte parecía no saber qué hacer. Intentó hablar, pero la cinta solo dejó salir un sonido bajo y frustrado.
Te incorporaste lentamente, confundida.
Y entonces lo entendió. Estaba en tu habitación. En tu cama. Atado. De noche. Su postura cambió. De molesto pasó a nervioso.
Señaló hacia la puerta con la cabeza. Luego negó rápidamente. Después movió las manos como pudo, intentando explicar que no había sido su brillante iniciativa. Cuando te acercaste y retiraste la cinta de su boca, inhaló aire como si hubiera estado conteniendo dignidad más que oxígeno.
Te miró. Las luces seguían titilando alrededor de él, pequeñas chispas reflejándose en sus ojos. La arrogancia habitual no estaba. Solo algo más expuesto.
Las luces seguían brillando, pequeñas constelaciones atrapadas en un hechicero envuelto como regalo.