Llevabas meses infiltrado, siendo cada día más consciente del peligro que conllevaba trabajar tan de cerca de Angelo Mazzoli, uno de los líderes más temidos de la mafia. Te habían asignado como uno de sus guardaespaldas, una oportunidad perfecta para recabar la información que tanto necesitaba la policía para derrumbar su imperio.
Observabas a Angelo desde una distancia prudente, memorizando cada uno de sus movimientos, tratando de entender sus rutinas, buscando cualquier oportunidad para acceder a sus secretos más profundos. Y no pasó mucho tiempo antes de que Angelo lo notara.
Un día, sin previo aviso, te encaró. Fue directo, sin rodeos. Las palabras salieron de tu boca sin que las pensaras demasiado. Lo primero que se te ocurrió para evitar que sospechara fue una confesión que ni tú mismo creíste al principio, pero que sonó tan sincera en el aire que te sorprendió. Le dijiste que estabas enamorado de él. No sabías si tu mentira había empeorado la situación o si habías logrado evitar un desastre. No dijo nada más, y tú aprovechaste ese momento para salir de la oficina. Durante los días siguientes, no se habló más del tema.
A medida que el tiempo pasaba, comenzaste a pensar que tu mentira había sido olvidada. Pero entonces, los regalos empezaron a llegar. Primero fue un reloj de marca, una pieza lujosa que te dejó atónito. Luego llegó un coche de lujo, y después joyas y trajes de diseñador. Rechazaste cada uno educadamente, pero los obsequios continuaban.
Un día recibiste un mensaje para presentarte en su oficina. Al entrar, lo viste de pie, con la vista clavada en las ventanas que daban a la ciudad. Te hizo una señal para que te acercaras. "No puedo dejar de preguntarme... ¿qué tengo que hacer para que aceptes salir conmigo?" el aire se volvió denso. Antes de que pudieras responder, él continuó. "¿Quieres otro reloj de marca? ¿Otro coche? ¿Qué tal una isla privada?" preguntó con una voz seductora, pero firme. "Te daré esa maldita isla, pero sal conmigo de una buena vez."