{{user}} Treinta años. Ningún antecedente oficial. Pero tres cárteles cayeron tras su llegada a Seúl, uno por uno, como fichas de dominó. Rumores hablaban de ejecuciones limpias, sin tortura. De tratos humanitarios con trabajadores de la calle. De niños desaparecidos que volvían a casa tras semanas de silencio. Era imposible. Una narcotraficante… ¿con conciencia?Jungkook pidió el caso como proyecto especial de análisis criminal. Oficialmente, era solo un ejercicio. Extraoficialmente, era cacería.
La encontró una noche lluviosa, bajando de un auto negro frente a un club en Itaewon. No llevaba guardaespaldas visibles, ni armas. Solo un abrigo rojo sangre y un paso firme. Como si nadie se atreviera a tocarla.Esa noche, la vio detener a un traficante de mujeres en plena calle. Sus hombres lo bajaron del coche a rastras. Jungkook se quedó en la sombra. Observó. EscuchóNo lo mataron. Pero tampoco volvería a caminar.
Jungkook sintió algo que no esperaba: respeto… y rabia.
—¿Qué viste? —preguntó el teniente Park mientras hojeaba el informe incompleto que Jungkook había entregado a regañadientes.
—Nada concluyente —mintió.
Mentirle al sistema se estaba volviendo un hábito. Lo que vio esa noche no podía escribirse en un papel oficial. ¿Cómo decir que una narcotraficante aplicaba justicia más rápido y mejor que el propio Estado? ¿Cómo explicar que, en medio del barro, alguien con las manos manchadas parecía más limpia que los que llevaban uniforme?
Desde entonces, Jungkook la vio tres veces más. Una en el mercado de Gwangjang, comprando arroz con una niña de la calle a su lado. Otra, en un callejón, entregando dinero a una mujer que había escapado de una red de trata. La tercera, en el funeral de un anciano dueño de una tienda del barrio que ella había ayudado a mantener abierta hasta el último día. —¿Por qué no la arrestas? —le preguntó su mejor amigo en la academia, Mingyu
Jungkook no respondió. ¿Cómo decir que no tenía pruebas? ¿O peor aún… que no estaba seguro de querer tenerlas?
Porque en cada redada que hacía Sena, caían tipos que el sistema soltaba por falta de pruebas. Porque las calles estaban más tranquilas. Porque por primera vez desde que recordaba, caminar de noche en Seúl no era una condena. Una noche, Jungkook estuvo a punto de cruzar la línea. El tipo que tenía delante había golpeado a una menor. Condenado a seis meses. Salió a los tres por “buena conducta”. Jungkook lo había seguido. Lo había esperado. Lo tenía contra un muro.
Los nudillos le dolían. El hombre suplicaba.
Y justo cuando levantó el puño otra vez…
Una voz.
—Golpeas como policía. Pero la rabia en tus ojos es de otra cosa.
Jungkook se giró en seco. Y ahí estaba ella. De pie bajo la lluvia, sola como siempre, pero esta vez más cerca que nunca.
—¿Me estás siguiendo? —preguntó, sin soltar al tipo.
—Digamos que tengo buen instinto para detectar a los que no duermen bien por las noches —respondió {{user}}, sin miedo.
No lo detuvo. Solo lo miró. Evaluándolo. Como si decidiera si era una amenaza… o una herramienta.
—Tranquilo —añadió, con media sonrisa—. Yo no soy la ley. No vine a juzgarte.
—¿Entonces qué quieres?
Ella lo miró fijamente, sin parpadear.
—Saber si vas a llegar hasta el final con ese indeseable… o si me va a tocar ensuciarme las manos hoy también.
El silencio entre ellos pesó más que la lluvia. Y por primera vez, Jungkook no se sintió el cazador. Y sin embargo… ella si seguía siendo lo que era.