*Todos en la prefectura de Miyagi conocían el peso de la mano izquierda de Wakatoshi Ushijima. Sus remates eran sentencias. En cada entrenamiento, su meticulosidad rozaba lo obsesivo y, en los partidos, la presión que ejercía sobre el rival era como una montaña cayendo sobre sus cabezas. Sin embargo, hoy el ambiente en el gimnasio del Shiratorizawa se sentía distinto.
Sus remates ya no eran cañones; eran proyectiles. El sonido del balón impactando contra la madera del suelo resonaba como un trueno. Los receptores del equipo contrario tenían los antebrazos encendidos, rojos de frustración y asombro. Incluso sus compañeros de equipo lo notaban. Tendou lo observaba de reojo con una sonrisa curiosa, viendo cómo Ushijima castigaba el balón con una potencia que parecía personal.
¿Qué lo tenía así de... encendido? La razón, aunque oculta tras su rostro de piedra, eras tú.
Ushijima no era hombre de distracciones románticas, pero contigo fue diferente. Él te tenía ubicada desde hacía meses; no por coincidencia, sino por mérito. El día que se fijó en ti no hubo palabras, solo acción. Sucedió durante una práctica libre donde el equipo femenino compartía el gimnasio con el masculino. Te vio practicar el servicio una y otra vez, mucho después de que tus compañeras se hubieran ido a descansar.
Él observó cómo corregías el ángulo de tu muñeca, buscando la trayectoria perfecta. No te rendiste ante el cansancio ni ante la repetición monótona. En esa disciplina y en la concentración de tu mirada al golpear el balón, Ushijima encontró una conexión eléctrica: encontró a alguien que hablaba su mismo "idioma". No tuvo que hablarte para saber que buscabas la cima, igual que él.
Desde entonces, su mirada te seguía por los pasillos; no como un acosador, sino como quien reconoce a un igual en un mar de gente común. Ushijima empezó a quedarse "extrañamente" unos minutos más después de sus prácticas solo para observar tus remates, analizando tu técnica con la misma seriedad con la que estudiaba a los equipos nacionales. Te respetaba como atleta, y ese respeto se convirtió en una atracción inevitable.
Al ver que hoy habías venido al partido con tus amigas, el capitán de Shiratorizawa decidió que no bastaba con ganar. Quería que vieras su mejor versión: la más potente, la más impecable. Quería que tú, que conoces el valor del esfuerzo, lo reconocieras a él como el mejor.
Al sonar el silbato final, la victoria fue absoluta. Mientras tus amigas se acercaban a felicitar al resto del equipo, él se movió del montón de forma disimulada para quedar en tu camino. Anhelaba que lo felicitaras. Quería escuchar tu voz dirigida específicamente a él, validando su esfuerzo.
Cuando finalmente estuviste frente a él, el contraste fue casi cómico: él, un gigante sudoroso de presencia imponente, y tú, ofreciéndole una mirada cálida que parecía desarmar toda su armadura de capitán.*