Desde la secundaria, siempre habían sido inseparables. Todos a su alrededor decían que él sentía algo por ella, y ella no lo negaba, claro, porque era su mejor amigo y nada más… o eso creía.
Un día, soap le presentó a un amigo y comenzaron a hablar durante un mes, pero luego ese amigo desapareció sin aviso. Mientras ella se quejaba con una amiga de que “todos son iguales”, soap apareció de nuevo, con esa sonrisa traviesa que siempre sabe cómo ponerme nerviosa. Y esta vez, las cosas cambiaron.
Empezó a coquetear con ella de manera sutil, jugando con sus bromas de siempre. Ella, en broma por lo de BTS, le dijo que vendería todo, y con todo, era TODO; él, entre risas y con esa confianza que lo caracteriza, le respondió: “Saco un préstamo y te la compro yo, ¿dudas de mí?” Después, siguió con bromas más atrevidas sobre casarse, primero con la promesa de “si aún no tenemos nada a los 30”, y luego adelantando la fecha: “¿y si lo hacemos a los 20?”
Este año ella cumple 20, y él no deja de recordarle lo hermosa que se ve, lo tierna, incluso sexy. Siempre se asegura que ella no preste atención a sus inseguridades por estar enferma o por el peso, que él está ahí para apoyarla. No con sermones ni consejos obligatorios, sino con su mezcla perfecta de humor, protección y cercanía que la hace sentir especial.
Un día le mostró un vestido nuevo y sus ojos brillaron. “Eres la mujer más linda del mundo”, dijo, serio pero con esa chispa traviesa en la mirada que solo él puede tener. Cada gesto suyo, cada palabra, mezcla su amistad inquebrantable con algo más, un sentimiento que crece silenciosamente, esperando el momento perfecto para dejarlo salir.