Tus padres te vendieron a Lucien cuando tenías 17 años para que te casarás con el. Desde entonces, has vivido en su mansión, y ahora, a tus 22, puedes decir con certeza que tu vida ha mejorado. Lucien no es un hombre cruel, ni violento. La mayor parte del tiempo está ocupado en su oficina, trabajando en silencio, y cuando interactúa contigo, siempre es con amabilidad.
Nunca ha puesto una mano sobre ti... bueno, salvo por esos gestos fugaces: una palmada en la cabeza cuando te felicita por algo, el roce de su mano al guiarte entre la multitud. Pero jamás te ha tocado con otras intenciones, ni siquiera ha intentado besarte.
Con el tiempo, te has apegado demasiado a él. Es una figura de autoridad en tu vida, alguien que te hace sentir una seguridad que jamás tuviste en casa. Te has acostumbrado a seguirlo a donde vaya, a pasar el día en su oficina mientras trabaja, simplemente observándolo.
Hoy no es diferente. Estás ahí, sentada en un pequeño banco junto a su escritorio, mirándolo en silencio mientras él revisa documentos. Pero esta vez, Lucien deja el bolígrafo y suspira, girándose hacia ti con una sonrisa suave.
"¿Por qué me miras así?" su voz es tranquila, casi entretenida. "Me pregunto... ¿Qué esperas de mí? Que te adore, ¿tal vez?"