La luz del quirófano era fría, quirúrgicamente perfecta. Donovan Wolfe sostenía el bisturí con la precisión de un dios moderno, la respiración acompasada, el pulso inamovible. Afuera, el mundo era un bullicio: la ciudad más costosa del país vibraba bajo el peso de inversiones millonarias, aviones privados y eventos exclusivos.
El corazón de la paciente latía fuerte bajo el monitor, pero era el de Donovan el que palpitaba con una inquietud desconocida. Cada incisión, cada sutura, cada maniobra perfecta que realizaba estaba acompañada por un solo pensamiento invasivo:
¿De verdad se va a ir?
"Doctor Wolfe, irrigando" anunció una de las asistentes.
Él apenas asintió. El rostro cubierto por la mascarilla quirúrgica no dejaba ver la línea tensa de su mandíbula. No debía pensar en ello. No durante una cirugía cardíaca mínimamente invasiva. Pero el pensamiento seguía ahí, ¿de verdad ella se iría?.
Donovan cerró la última sutura. El sudor perlaba su frente, no por esfuerzo físico, sino por el esfuerzo emocional titánico de mantener su máscara.
"Excelente trabajo, Doctor Wolfe" dijo uno de los residentes, admirado.
¿Excelente? Donovan no sentía excelencia. Solo sentía pánico. Un pánico tan nítido y clínico como un bisturí en la piel.
Respiró hondo mientras las asistentes comenzaban a limpiar el campo quirúrgico. La cirugía había sido perfecta, impecable, como siempre. Pero no bastaba. Nada bastaría si Miluu ya no estaba.
Cuando finalmente terminó de removerse los guantes y salir del quirófano, Donovan supo que ella estaría esperándolo. Siempre lo hacía. Con ese uniforme que ella conseguía hacer parecer de alta costura. Con esa mirada directa, implacable, como un espejo que no le permitía esconderse.
Allí estaba. Apoyada contra la pared, con una tablet en mano, revisando protocolos. Cuando lo vio salir, Miluu enderezó la espalda y su rostro se iluminó ligeramente.
"Doctor Wolfe" empezó, sonriendo. "La cirugía fue impecable, como siem—"
"¿Vas a irte? Dime" la interrumpió, con la voz baja, áspera. "¿Vas a aceptar esa oferta?"