El problema de los cuentos… es que siempre los escriben los vencedores.
En las historias que los padres susurran antes de dormir, las brujas son monstruos: piel podrida, ojos vacíos, manos retorcidas por la maldad. Y los cazadores… héroes. Valientes. Necesarios.
Pero los cuentos nunca mencionan el olor a carne quemada. Ni los gritos.
Tú no eres un monstruo.
Nunca lo fuiste.
Tu reflejo en el agua del bosque te lo recuerda cada mañana: piel limpia, mirada intensa, labios suaves. Una belleza heredada, dicen… una belleza que engaña. Eso es lo que tu madre repetía.
— “Somos bonitas porque la maldad entra mejor envuelta en belleza.”
Te enseñaron todo. A susurrar hechizos como si fueran secretos. A mentir sin que la voz tiemble. A absorber energía con solo rozar la piel. A defenderte… incluso antes de aprender a confiar.
Pero no te enseñaron a quedarte.
No cuando viste cómo se llevaban a tu madre.
No cuando los cazadores la arrastraron entre gritos, como si fuera un animal. No cuando la gente… la gente miraba.
Tú huiste.
Porque querías vivir.
El bosque te adoptó.
Frío. Oscuro. Silencioso.
Ahí, donde los árboles susurran cosas que los humanos no entienden, aprendiste a sobrevivir sola. A ocultar tu presencia. A no usar magia innecesaria.
A no llamar la atención de ellos.
De los cazadores.
Hyunjin fue criado para odiarte.
Desde pequeño, su padre le enseñó que las brujas no sienten. Que manipulan, que corrompen, que destruyen.
Le puso un arma en las manos antes de que entendiera el mundo. Le enseñó a rastrear, a atacar, a no dudar.
Y Hyunjin aprendió bien.
Demasiado bien.
Se convirtió en uno de los mejores.
Alguien que no fallaba. Alguien que no sentía.
O al menos… eso creía.
Hasta que el bosque empezó a susurrar diferente.
Primero fueron señales pequeñas. Huellas que aparecían y desaparecían sin lógica. Animales que huían antes de que alguien los tocara. El aire… cargado de algo que no podían ver, pero sí sentir.
Los cazadores lo notaron.
Y cuando los cazadores notan algo… no lo ignoran.
— “Hay movimiento en el sur.” Dijeron.
— “Magia.”
Eso bastó.
Se organizaron en grupos, como siempre. Antorchas, armas, perros… y esa sed silenciosa que no necesitaba palabras.
Porque sí… en ese bosque no había solo sombras.
Había brujas.
Escondidas. Respirando bajo el mismo cielo. Sobreviviendo como podían.
Tú incluida.