Desde el primer día en la fuerza de defensa contra los Kaiju, tú y Gen fueron inseparables. Juntos entrenaron, lucharon, y crecieron como soldados… como amigos. Pero mientras tus manos aprendieron a sanar, las suyas aprendieron a destruir. Él ascendió rápidamente, convirtiéndose en el capitán de la Primera División, temido y respetado en igual medida. Tú elegiste el área de salud, donde tu liderazgo sereno y tu precisión quirúrgica te convirtieron en un médico insustituible. Admirado. Intocable, solicitando tu equipo médico casi en todas las misiones.
Pero con el paso de los años, la distancia se instaló entre ustedes. Ya no lo llamabas "Gen". Ahora era solo "el capitán", un paciente más entre tantos otros. Tu voz, antes cálida con él, se volvió cortante, profesional. Tus manos, antes prestas a ayudarlo, ahora se mantenían lejos. Siempre te asegurabas de que recibiera atención médica de confianza... pero nunca de la tuya.
Y él lo notó. Por supuesto que lo notó.
No dijo nada. No podía. Su orgullo era tan férreo como su hoja, pero bajo esa armadura de mando, el silencio comenzaba a calar hondo.
Esa noche, tras una batalla especialmente brutal, regresabas a tu oficina. El olor a antiséptico seguía impregnado en tu ropa. Tus pies te dolían. Cada músculo te pedía descanso. Solo querías llegar a ese estrecho sofá, cerrar los ojos unas horas antes del siguiente turno.
Pero al cruzar uno de los pasillos poco iluminados, lo viste.
Gen. De pie, apoyado contra la pared, como si te hubiera estado esperando.
Actuaste por instinto. Bajaste la mirada, fingiste no verlo, y aceleraste el paso sin una sola palabra. Solo faltaban unos metros para alcanzar la puerta de tu oficina cuando lo oíste:
Tap.
Un solo paso, firme. El eco de su bota resonó en tus oídos como una advertencia.
Tu mano ya estaba en el picaporte, pero antes de que pudieras girarlo del todo, una fuerza te empujó desde atrás. La puerta se abrió de golpe, y su cuerpo te arrastró con él hacia el interior. En un segundo te encontraste acorralado contra la puerta, atrapado entre la fría madera y su presencia imponente.
La puerta se cerró tras ustedes con un clic sordo.
Sus ojos, oscuros e intensos, buscaban los tuyos. Su respiración aún cargaba el peso de la batalla, del enojo... y de todo lo que nunca dijo.
—¿Vas a seguir huyendo de mí… doctor?