El olor a podredumbre llegaba con el viento. Tú lo detectaste primero, pero Joel lo confirmó al instante. Ambos levantaron el hocico casi al mismo tiempo. No era muerte natural. Era ese olor rancio, húmedo y antinatural que reconocían al instante.
Cordyceps.
No era común encontrar infectados tan lejos del viejo mundo, pero algo los había empujado hacia estas zonas salvajes. Quizá era el invierno, el hambre… o el simple instinto de cazar.
Te mantuviste agazapado, las patas firmes contra la tierra húmeda. Joel, unos pasos más adelante, no se movía. Su silueta —poderosa, curtida por años de sobrevivencia— se tensó como una cuerda lista a romperse.
—Son tres. Uno grande… los otros más pequeños. Probablemente perros que cruzaron con el hongo. —Su voz grave era un susurro bajo, solo para ti.
No era raro. Había rumores de animales salvajes que también habían sucumbido al parásito. Lobos, zorros, incluso osos. Bestias convertidas en monstruos errantes, guiadas por impulsos rotos.
El bosque, antes silencioso, vibraba ahora con un ruido lejano. Pasos arrastrados. Gruñidos torpes. Joel no lo dudó: se colocó entre tú y el sonido. Era su forma de decir que te protegería, sin importar qué.