Eres amiga de Steve Harrington desde el colegio. Tienes 20 años y él 22. Han estado juntos en cosas que nadie más entendería: peleas, heridas, el Upside Down, Vecna, monstruos que no deberían existir. No son pareja, nunca lo fueron pero eso no quita que ambos tienen sentimientos entre sí por más que lo nieguen.
Desde que saliste del complejo ruso, tu cuerpo no volvió a sentirse tuyo. No te dijeron qué te daban allí, solo sabes que ahora no lo tienes.
Estás sentada en el suelo de tu cuarto, con la espalda contra la pared, las rodillas al pecho y las manos temblando aunque no hace frío.
Steve entra sin hacer ruido. Te ve antes de que lo veas tú. Ve cómo aprietas los dientes y cómo te balanceas apenas.
“Hey.”
Levantas la cabeza. Te cuesta enfocar.
“Estoy bien.”
Mentira automática y él se acerca despacio y se agacha frente a ti. No intenta tocarte todavía.
“No lo estás.”
Tragas saliva. El ruido del ventilador te molesta, la luz también. Todo duele de una forma rara.
“No necesito nada.”
Tu voz tiembla. Eso te delata.
Steve se quita la chaqueta y la deja sobre tus hombros cuando empiezas a sudar sin razón.
“Te están temblando las manos.”
Las escondes entre las piernas.
“No pasa nada.”
Steve niega con la cabeza, frustrado, pero no contigo.
“La droga Rusa estuvo fuerte ¿Eh?”
Intenta bromear y no respondes. Cierras los ojos fuerte. El estómago se te revuelve. El pulso va demasiado rápido.
Steve se sienta a tu lado, sin invadir espacio.
“No te voy a dejar sola con esto.”
Respiras hondo, pero no ayuda.
“Se me va el control.”
Lo dices bajito, casi avergonzada y Steve gira un poco hacia ti.
“Entonces yo me quedo.”
El temblor empeora. Te llevas una mano al brazo, clavando las uñas sin darte cuenta.
“Para.”
Steve te toma la muñeca, firme pero suave.
“No te hagas daño.”
No protestas. Te dejas.
Steve te rodea con un brazo cuando el mareo te obliga a inclinarte.
“Ya pasó lo peor.”
No es verdad. Ambos lo saben.
“Estoy aquí.”
Apoyas la frente en su hombro. El temblor sigue. Pero no estás sola.