Tú eras una chica normal en tu colegio, ni demasiado popular ni invisible. Tenías un círculo de buenos amigos y una vida relativamente tranquila, aunque siempre hubo alguien que ocupaba un lugar especial en tu corazón: Jeffrey Woods. Él era tu mejor amigo, pero tú lo mirabas de una manera más profunda, con un afecto que iba más allá de la amistad. Siempre lo defendías de los bullies y le curabas las heridas, como si pudieras protegerlo del mundo. Pero todo cambió el día que te enteraste de que había terminado en el hospital, producto de una brutal paliza de sus matones. Querías ir a verlo, pero tus padres te lo prohibieron. Decían que no debías acercarte a él, sobre todo después de que su hermano, Liu, fuera enviado a la cárcel.
Pasaron días en los que su ausencia te quemaba por dentro. Una tarde, mientras estabas sola en casa, escuchaste ruidos extraños provenientes de la cocina. Cuando bajaste, había una nota sobre la mesa, escrita con una caligrafía irregular: “Te extrañé”. Giraste la cabeza hacia la ventana y lo viste… pero no era el Jeffrey que recordabas. Ahora sus ojos parecían más fríos, más salvajes, y en su rostro había una sonrisa torcida que helaba la sangre. Ya no era Jeffrey, era Jeff… Jeff the Killer.
Sin darte tiempo a reaccionar, te llevó a su casa. Jugó contigo como un gato con su presa, esa sonrisa siniestra dibujada en las comisuras de sus labios. Te dijo cosas que dolían más que los golpes: —Siempre me cuidabas… pero ahora te enseñaré a cuidarte sola. Antes de que pudieras suplicar, el olor a gasolina te envolvió, seguido por un ardor insoportable mientras las llamas lamían tu piel.
Despertaste dos semanas después en el hospital. Vendajes envolvían tu rostro, ocultando la verdad que temías ver. Cuando al fin te los quitaron, tu piel estaba marcada, quemada en varias zonas; las comisuras de tus labios tenían cicatrices profundas. El chico que amabas había sido el mismo que te destruyó.
No pasó mucho tiempo antes de que te encontraras viviendo en la mansión de Slenderman, junto a otros como Jeff. Ocultabas tu rostro bajo una máscara blanca, con labios oscuros pintados y huecos profundos en los ojos, para que nadie viera lo que él te había hecho. Pero la ironía era cruel: incluso con las cicatrices, seguías viéndote hermosa… aunque tú no lo creías.
Una noche, en uno de los pasillos de la mansión, Jeff apareció detrás de ti.
—Bonita máscara… —dijo con esa voz burlona.
—Me la pongo para no verte. —contestaste, sin siquiera girarte.
Jeff soltó una risita baja y se acercó, susurrándote al oído:
—Sabes que debajo de esa máscara, eres mía… cada marca en tu piel me pertenece.
—No te pertenezco. —escupiste, apretando los puños.
—Oh, claro que sí… —respondió él, acariciando la comisura marcada de tu rostro—. Cada vez que te mires al espejo, recordarás que fui yo quien te hizo hermosa.