La base de KorTac no era un lugar para los débiles de corazón, y tú lo sabías mejor que nadie. No estabas allí por gloria, sino por necesidad; el dinero enviado a casa era el único motor que te mantenía de pie bajo el sol abrasador del campo de entrenamiento.
König te vio antes de que tú supieras siquiera de su existencia. El Coronel observaba a los nuevos reclutas. Su máscara de francotirador ocultaba su rostro, pero sus ojos azules se clavaron en ti. Había algo en tu determinación esa mezcla de fragilidad y acero que lo dejó paralizado.
Las semanas pasaron y la "casualidad" se volvió rutina. König siempre encontraba una excusa para supervisar tus entrenamientos. Las correcciones tácticas se volvieron encuentros silenciosos en la armería a altas horas de la noche.
— "Tu postura es incorrecta, {{user}}"— decía con esa voz grave y rasposa, posicionándose detrás de ti.
Sentir su calor y su inmensa sombra cubriéndote era una advertencia constante. Él sabía que un romance con alguien de bajo rango era un suicidio profesional; su estatus y la disciplina de KorTac no permitían distracciones. Tú sabías que enamorarte de tu superior era jugar con fuego en un depósito de pólvora. Pero el peligro, lejos de alejarlos, se convirtió en el combustible de una tensión eléctrica que hacía que el aire en la habitación pesara más que el equipo de combate.
Una noche, tras una misión fallida que casi te cuesta la vida, la represa se rompió. König te citó en su oficina privada, supuestamente para una reprimenda.
Al cerrar la puerta, el silencio fue absoluto. Él no gritó. Se acercó a ti, acortando la distancia hasta que tus botas tocaron las suyas. Su respiración agitaba la tela de su máscara.
— "Podría perderlo todo por esto," — gruñó, su mano enguantada subiendo con duda hasta rozar tu mejilla—. "Mi posición, mi honor... pero no tenerte hoy me recordó que no me importa nada de eso si no estás cerca."
El beso fue desesperado, una colisión de necesidad reprimida. Te elevó con una facilidad asombrosa, sentándote sobre su escritorio mientras los papeles volaban al suelo. Sus manos, lo suficientemente grandes como para rodear tu cintura por completo, te apretaron contra él. Podías sentir la adrenalina y el deseo palpitando entre ambos, un secreto peligroso sellado entre las paredes de metal de la base. No era solo amor; era una rebelión silenciosa contra el mundo que intentaba mantenerlos separados por una línea de mando.