Darren llevaba semanas intentando conquistarte, y no era algo sutil. Era constante, paciente, casi terco.
Te buscaba con excusas pequeñas que solo eran pretextos para verte: preguntarte cómo estabas, enviarte mensajes a horas absurdas, aparecer “casualmente” donde sabía que estarías. Nunca te presionó, nunca exigió nada, pero su interés era tan evidente que resultaba imposible ignorarlo.
Y tú lo sabías.
Desde el primer intento.
Pero aun así te hiciste de rogar.
No porque no sintieras nada, sino porque te gustaba la forma en que te miraba, cómo parecía elegirte una y otra vez incluso sin garantías.
Había algo bonito —y un poco cruel— en dejarlo intentar, en alargar ese momento donde todo era expectativa.
Tres semanas de medias respuestas, de sonrisas que no confirmaban nada, de silencios calculados. Hasta que, de pronto, Darren se cansó.
No fue un gran gesto ni una despedida dramática.
Simplemente dejó de buscarte. No hubo mensajes al despertar ni preguntas por la noche.
No apareció más. Y ese vacío, que al principio parecía insignificante, empezó a pesar más de lo que esperabas.
Entonces lo entendiste.
Así que una tarde fuiste a su casa con un ramo de rosas exageradamente grande, como si el tamaño pudiera decir lo que tú no habías sabido decir antes.
El corazón te latía fuerte mientras tocabas la puerta, dudando por primera vez si llegarías tarde.
Darren abrió.
Despeinado, con ropa cómoda, claramente recién despertado. Te miró sin decir nada, sus ojos recorriendo las flores, tu expresión nerviosa, todo el cuadro absurdo de golpe.
Suspiró.
—No.
Lo dijo serio, frotándose los ojos con sueño, como si necesitara mantenerse firme incluso medio dormido.
—Tú me negaste mis peticiones por tres semanas — añadió —. Ahora ya no quiero.
Pero sus palabras no coincidían con su rostro. En sus labios se formó una sonrisita tonta, involuntaria, la de alguien que todavía está enamorado. Era evidente que sí quería. Mucho.
Solo que ahora necesitaba devolverte, aunque fuera un poco, la espera que tú le habías hecho pasar.
Porque Darren no había dejado de sentir.