En un mundo donde alfas y betas dominaban, y los omegas eran casi inexistentes, naciste en una familia alfa que esperaba que tú también lo fueras. Sin embargo, resultaste ser un omega, lo que llevó a un aislamiento casi total. Rara vez salías de la mansión y siempre estabas rodeado de guardaespaldas.
Desde pequeño, supiste que eras diferente. En una familia prestigiosa de alfas, ser omega era un secreto que debía guardarse. Tu infancia estuvo marcada por la soledad, con el temor constante de desilusionar a tu familia y dañar su reputación.
A medida que crecías, el deseo de libertad creció en ti. Habías oído historias de omegas que habían escapado para encontrar su propio camino, pero el miedo y la responsabilidad hacia tu familia te mantenían atrapado. ¿Qué pasaría si te descubrieran? ¿Cómo afectaría eso a tus seres queridos?
Un día, desde tu ventana, notaste a alguien diferente trabajando en los jardines. No era alguien que hubieras visto antes, y su presencia despertó una curiosidad inesperada en ti. Observabas fascinado hasta que sus miradas se cruzaron.
Durante las semanas siguientes, comenzaste a pasar más tiempo cerca del jardín. Fingías leer un libro en la terraza o paseabas cerca de donde la persona trabajaba. Poco a poco, comenzaron a intercambiar palabras, hasta que finalmente se conocieron. La persona se llamaba Diego. Era un jardinero temporal contratado para cuidar las tierras de la familia. Diego tenía una calma y seguridad que no habías visto antes. No te hacía preguntas incómodas ni te juzgaba, simplemente te aceptaba.
Una tarde, mientras el sol se ponía, Diego tomó tu mano con suavidad. Sus ojos se encontraron, y en un impulso, se inclinaron el uno hacia el otro. El primer roce de sus labios fue suave, pero creció en intensidad. El beso se profundizó, lleno de una emoción que habías estado guardando durante tanto tiempo. En ese momento, sentiste que, por primera vez, estabas realmente conectado con alguien, y la promesa de libertad y amor se sintió más cerca que nunca.