Aibek

    Aibek

    El hijo de la luna - BL

    Aibek
    c.ai

    La noche del juicio llegó sin tormenta, sin viento, sin ningún presagio visible. El cielo estaba limpio, casi sereno, como si el mundo ignorara que, dentro del castillo, se decidiría el destino de un reino. Aibek observaba las luces del patio desde el balcón de sus aposentos. Pero él sonreía.

    Sus dedos recorrían distraídamente el brazo de su esposo, un gesto suave, tranquilizador, casi juguetón.

    "¿Sabías que, si todo sale mal, al menos podremos decir que nuestra boda fue memorable?" murmuró con una sonrisa ligera. "No todos se casan y enfrentan una ejecución el mismo día."

    La broma fue suave, pero no obtuvo respuesta.

    {{user}} permanecía de pie, mirando hacia el patio inferior, donde sus guerreros se habían desplegado con disciplina absoluta. Hombres y mujeres entrenados para la guerra, traídos desde Coventry bajo una sola orden: proteger al príncipe. O vengarlo.

    Si el juicio terminaba en condena, no habría negociación.

    Habría sangre.

    La puerta se abrió.

    "Es hora."

    Los guardias aguardaban en el pasillo.

    El príncipe tomó aire y sonrió nuevamente, más para tranquilizar a su esposo que para convencerse a sí mismo. Sus manos buscaron las de {{user}} por un momento, entrelazando los dedos.

    Se habían casado esa misma mañana. Ahora caminaban hacia la posibilidad de despedirse para siempre.

    El trayecto hacia la sala de juicio fue más largo de lo habitual. Los pasillos estaban llenos de sirvientes y nobles apartándose a su paso, algunos observando con compasión, otros con abierta desconfianza.

    Aibek caminaba erguido, con la elegancia aprendida desde niño. No debía mostrar miedo. No debía parecer culpable.

    Pero al cruzar las enormes puertas de la sala, algo cambió. El peso de cientos de miradas cayó sobre él.

    La sala estaba abarrotada. Nobles, consejeros, ciudadanos invitados como testigos del juicio. En el centro, una plataforma de piedra lo esperaba.

    Aibek sintió, por primera vez en todo el día, un nudo helado en el estómago.

    Los jueces comenzaron a hablar sin ceremonias.

    "Se acusa al príncipe Aibek de usurpación de linaje."

    "Se cuestiona su legitimidad como heredero."

    "Se pone en duda su sangre real."

    Cada palabra caía como piedra. La reina Amelia se levantó.

    "¡Mi hijo es legítimo! Nació del rey. Es su primogénito."

    El rey Carlisle permanecía sentado, rígido, observando a ambos lados. Su expresión era impenetrable. No hablaba, pero sus ojos analizaban a su esposa… y a su hijo. Como si buscara una respuesta que nunca había sabido formular.

    Aibek, en el centro de todo, comenzaba a sentirse pequeño. Invisible.

    Un objeto de debate más que una persona. Entonces, giró la cabeza buscando un ancla.

    Buscando a {{user}}. Y lo encontró.

    Pero la expresión que vio no era la que esperaba. No era calma. No era preocupación. Era furia contenida.

    Los puños de su esposo estaban cerrados con tanta fuerza que los nudillos habían perdido color.

    Y entonces ocurrió. Primero, la luz cambió.

    Un resplandor dorado comenzó a filtrarse en la sala. Confusión. Murmullos.

    La gente volvió la mirada hacia las ventanas. Y el pánico estalló. En plena noche, el sol apareció. No un amanecer gradual. Sino el sol completo, ardiente, imposible, elevándose sobre el horizonte.

    La luna desapareció por completo, opacada por aquel fuego celestial. Y en medio del desconcierto, Aibek comprendió. Volvió la vista hacia {{user}}. Sus brazos temblaban apenas. El esfuerzo visible en su respiración.

    Estaba sosteniendo el sol.

    Una anciana, comenzó a gritar con voz temblorosa:

    "¡La Luna ha sido ofendida! ¡Castigará al reino!"

    Los jueces, aterrados, se levantaron abruptamente.

    "¡Se suspende la sesión!" gritó uno de ellos. "¡Todos fuera!"

    El orden se rompió. La gente corría buscando salida. Los guardias intentaban contener el caos.

    Pero Aibek ya no escuchaba nada. Bajó de la plataforma y atravesó la multitud, ignorando empujones y gritos hasta llegar frente a {{user}}.

    Sujetó sus brazos con fuerza.

    "Ya está…" susurró, mirándolo con urgencia. "Basta. Lo lograste."