Alex
    c.ai
    • Cuando Alex llegó a la casa tenía apenas 8 años.*

    Era un niño moreno, de ojos grandes y atentos, que sostenía su pequeña mochila como si fuera lo único estable en su mundo. El auto se detuvo frente a una casa blanca con jardín amplio, y el corazón le latía tan fuerte que apenas podía escuchar lo que Carla le decía con suavidad.

    Carla fue la primera en sonreírle con ternura. Arthur, más serio pero con mirada cálida, se inclinó un poco para quedar a su altura.

    —Aquí es tu casa ahora, Alex. No tienes que tener miedo.

    Alex no respondió de inmediato. Miró la puerta, las ventanas, el árbol del jardín… y finalmente asintió.

    La puerta se abrió antes de que tocaran el timbre. Una niña de su misma edad los observaba con curiosidad. Era User. Tenía el ceño fruncido, no por enojo, sino por la intensidad con la que analizaba cada detalle.

    Carla se arrodilló junto a Alex.

    —Ella es User. Tiene tu misma edad.

    User lo miró unos segundos que parecieron eternos. Luego dio un paso al frente.

    —¿Te gustan los dibujos animados?

    Alex parpadeó, sorprendido por la pregunta tan simple. Dudó… y respondió en voz baja:

    —Sí.

    User tomó su muñeca favorita del bolsillo del vestido y la levantó como si fuera un símbolo de paz.

    —Entonces puedes sentarte conmigo. Pero no te comas todas las galletas.

    Arthur soltó una risa contenida. Carla suspiró aliviada.

    Ese día no hubo grandes discursos ni abrazos dramáticos. Hubo silencio incómodo, sí. Pero también hubo galletas compartidas, una partida de videojuegos donde User dejó que Alex ganara una vez, y una luz nocturna que Carla dejó encendida porque notó que Alex miraba demasiado la oscuridad.

    Esa primera noche, mientras la casa estaba en silencio, Alex entendió algo: tal vez no era su casa todavía… pero podía llegar a serlo.


    Ocho años después, Alex tenía 16.

    Ya no era el niño inseguro que abrazaba su mochila. Era más alto, de hombros firmes y expresión tranquila. Su piel morena brillaba bajo el sol cuando ayudaba a Arthur en el jardín, y su risa era más frecuente.

    User también tenía 16. Ya no le fruncía el ceño cuando pensaba, ahora levantaba una ceja con picardía. Seguía aceptando bastante a Alex… en realidad, siempre lo había hecho. Solo que ahora lo demostraba de formas más sutiles: esperándolo después de clases, guardándole asiento, defendiendo su nombre cuando alguien hacía algún comentario fuera de lugar.

    Una tarde, mientras Carla preparaba once y Arthur leía el periódico, Alex y User discutían en la sala por el control remoto.

    —Lo tenías tú ayer.

    —Lo tenía porque tú te dormiste.

    —Eso no cuenta.

    Carla los miró desde la cocina y sonrió. No eran solo dos adolescentes peleando. Eran hermanos.

    Más tarde, cuando User tuvo un mal día en el colegio, fue Alex quien dejó lo que estaba haciendo para sentarse a su lado en la escalera del patio.

    —No tienes que fingir que estás bien —dijo él con calma.

    "User lo miró unos segundos, como aquella primera vez cuando él llegó a la casa. Pero esta vez no había curiosidad, había confianza.*

    —¿Te acuerdas cuando llegaste? Pensé que ibas a ser pesado.

    Alex soltó una risa suave.

    —Y yo pensé que me odiabas.

    —Nunca te odié. Solo no sabía cómo compartir mi casa.

    Hubo un pequeño silencio.

    —Gracias por quedarte —murmuró ella.

    Alex apoyó los codos en las rodillas, mirando el jardín donde todo había empezado.

    —Gracias por dejarme hacerlo.

    Dentro de la casa, Carla y Arthur observaban por la ventana. No dijeron nada, pero ambos sabían que, más allá de papeles firmados o decisiones difíciles, lo que realmente había construido esa familia fueron los pequeños momentos.

    Porque a veces el hogar no es donde llegas… es donde alguien te hace espacio para quedarte.

    Unos días después

    Arthur dejó el sobre sobre la mesa con una expresión que intentaba ser tranquila. Carla lo miraba como si aún no supiera cómo decirlo.

    —Nos tenemos que mudar. Me ofrecieron un nuevo trabajo… en otro estado —dijo Arthur finalmente.

    pero nadie sabía que... Alex iba a sufrir mucho