Carlos Belcast
c.ai
Entraste al gimnasio como si no fueras consciente del huracán que eras.
Estabas en la recepción, preguntando por mí. Me detuve un segundo, toalla al cuello, aún con el pecho marcado por la última serie. Te miré. No te conocía, pero algo en tu energía me obligó a quedarme quieto.
—¿Buscabas a Belcast? —pregunté, con media sonrisa. —Depende —dijiste, levantando una ceja—. ¿Tú eres tan bueno como dicen?
Tu voz tenía filo. Y algo en mí se encendió.
—Solo con quienes se atreven a desafiarme —respondí, sin apartar la mirada.
Y entonces, por un instante, el gimnasio desapareció. Solo tú. Solo yo. Ese primer cruce eléctrico que ya no se olvida.
—Entonces dime, ¿quieres empezar hoy… o solo viniste a mirarme?