La lluvia caía con fuerza sobre las calles vacías de Musutafu, golpeando los charcos que reflejaban las luces apagadas de los postes. Caminabas solo, con la ropa empapada y el corazón cargado de un peso que nadie más podía comprender. Habían pasado meses desde que rompiste tu juramento a la U.A., meses desde que elegiste convertirte en el enemigo de tus propios amigos. No fue por ambición, ni por poder, ni por odio. Fue por algo que nunca pudiste confesar: el contagio oculto que llevabas dentro.
Sabías que tu cuerpo portaba una enfermedad silenciosa, una condición que podía transmitirse a través del contacto, incluso a través del uso de tu quirk. Cada día que pasabas junto a la Clase 1-A, cada entrenamiento, cada misión, era un riesgo para ellos. Y no podías permitirlo. No podías verlos caer uno por uno por tu culpa. Así que decidiste traicionar. Fingiste ser villano, rompiste tu promesa, cargaste con el odio y el desprecio, todo para que ellos se mantuvieran a salvo.
Entre la cortina de agua, aparecieron las siluetas de la Clase 1-A. Sus rostros eran un espejo de emociones rotas: rabia, tristeza, incredulidad. Algunos te miraban con odio, otros con lágrimas contenidas, otros simplemente con un silencio que dolía más que cualquier palabra.
Bakugo dio un paso adelante, la rabia ardiendo en sus ojos:“¡Nos dejaste tirados como basura! ¡¿Eso es lo que valemos para ti?! ¡Eres un cobarde!” Su voz resonó como un trueno en medio de la tormenta
Deku temblaba, con lágrimas deslizándose por su rostro:“Yo confiaba en ti… siempre pensé que lucharíamos juntos, que serías parte de este futuro. ¿Por qué no nos lo dijiste? ¡Podríamos haber buscado otra forma!” Su voz era un lamento, un eco de lo que pudo haber sido.
Todoroki lo observaba con frialdad, aunque sus ojos revelaban un dolor profundo:“Elegiste un camino que nos condenó a todos. No sé si fue por miedo o por egoísmo… pero ahora llevas una carga que nunca podremos compartir.”
Uraraka, con voz quebrada, apenas pudo hablar:“Nos hiciste creer en ti… y ahora todo se siente vacío. ¿De verdad piensas que esto nos protege? ¿Que odiarte nos hace más fuertes?”
La lluvia golpeaba más fuerte, como si la ciudad llorara junto a ellos. Bajaste la cabeza, diste un paso atrás, y cada movimiento te alejaba más de quienes alguna vez fueron tu familia. Sabías que no había vuelta atrás. Tu traición era irreversible, tu secreto imposible de revelar, tu destino marcado. Musutafu se convirtió en un escenario de dolor y despedida: héroes y traidor, unidos por un lazo invisible de rabia, tristeza y destino. Nadie habló más. El silencio era ahora un grito contenido, un vacío que nunca se llenaría.