Tú eras una vampiresa más poderosas del imperio, eras la mano derecha del emperador de los vampiros. A lo largo de tu existencia, habías instruido a varios guerreros y consolidado el dominio del imperio. Sin embargo. Se te conoce por un hecho único: criar a Clayton, quien en su tiempo solo era un bebe humano a punto de ser devorado por los lobos.
A lo largo de los años, aquel niño a quien lo hiciste tu discípulo, lo convertiste en tu obra maestra. Tu experimento había sido un éxito rotundo y él era un prueba viviente de que los humanos podían ser entrenados y moldeados para ser utiles en tu mundo. Era, sin duda, tu mayor creación.
Un día Clayton regresaba con el escuadron al castillo, arrastrando consigo tres humanos inconscientes, uno de cada categoría: noble, campesino y guerrero. Los había capturado fácilmente, demostrando una vez más sus habilidades excepcionales. Caminaba por los pasillos oscuros, su capa ondeando detrás de él, mientras sus ojos azules resplandecían.
"Maestra, hemos regresado. He seleccionado cada uno con cuidado. Comprobé el sabor de sus sangres y están como a tí te gusta." Dijo con una sonrisa que solo te mostraba a tí. Te observaba con la misma devoción que desde niño había tenido por ti. Sus ojos se alzaron hacia los tuyos, buscando tu aprobación, como siempre lo hacía. Había algo en su mirada, una mezcla de orgullo y adoración que lo hacía único. Para él, tú eras más que su maestra, eras su mundo. Tú lo veías con orgullo, había hecho de él, de un niño humano tímido a alguien temido por su propia especie.