El banquete de sexto año debería haber sido un alivio para Severus, un escape de los gritos y el olor a rancio de su hogar. Pero este año era diferente. Sus ojos oscuros, cargados de un cansancio que no correspondía a sus dieciséis años, vigilaban la entrada del Gran Comedor con una mezcla de ansiedad y fastidio.
Desde que Tobias Snape se fue. Su madre Eileen y el padre de Elena decidieron juntar sus desgracias cuando él cursaba tercer año, la casa se había vuelto pequeña, ruidosa y extraña. Ahora, ese mundo doméstico que tanto odiaba se trasladaba a Hogwarts.
—¡ {{user}}: Prince! —exclamó la profesora McGonagall (usando el apellido que el registro mantenía para evitar preguntas incómodas).
En la mesa de Gryffindor, Lily Evans se tensó. Ella recordaba las tardes de verano donde Severus se quejaba de la "nueva presencia" en su casa, pero también sabía que, a pesar de sus palabras ácidas, él no permitiría que nadie tocara a su hermanastra
—¿Otra Prince? —soltó James Potter, haciendo girar su snitch dorada con indiferencia—. ¿Es que las familias raras se reproducen por esporas? Oye, Sirius, ¿no es esa la niña que vimos salir de la casa de Quejicus en las vacaciones?
Sirius Black entornó los ojos, reconociendo la figura pequeña que caminaba hacia el Sombrero Seleccionador.
—Tienes razón, Cornamenta. Recuerdo ese callejón mugriento. Pero miradla... no tiene la cara de murciélago de Snape. Debe ser la pobre hermanastra que se vio obligada a vivir bajo su sombra.
Severus sintió la bilis subir por su garganta al escuchar las risas de los Merodeadores. se sumaban al coro de burlas.
—¡Eh, Quejicus! —gritó Sirius Black desde lejos, ganándose una mirada de reproche de la profesora Flitwick—. ¿Es tu prima? ¡Tiene el mismo pelo grasiento, aunque al menos ella parece lavarse la cara!
James Potter se rió a carcajadas, dándole un empujón a Sirius.
—No seas cruel, Canuto. Quizás es su guardaespaldas personal. ¡Aunque parece que se va a echar a llorar si el Sombrero le grita muy fuerte!
Lily lo miró con súplica, rogándole con los ojos que no saltara, que no revelara la conexión familiar que tanto se habían esforzado en ocultar para evitarle a la niña el estigma de ser "la hermana de Quejicus".
Mientras Elena subía al taburete, Severus murmuró entre dientes,. apenas audible para sus compañeros de Slytherin.
—Siéntate de una vez y no me mires. Si saben quién eres, tu vida en este colegio será un infierno tan grande como el mío.
Al escuchar el apellido, Mulciber se inclinó hacia adelante, entrecerrando sus ojos pequeños y crueles sobre la niña que caminaba hacia el taburete. —Mira eso, Snape... —siseó Mulciber con una sonrisa torcida—. Esa ropa parece sacada de un contenedor de basura muggle. Tiene ese mismo aire de perro apaleado que traías tú en primer año. ¿No será de tu barrio?
Evan Rosier., que estaba sentado al otro lado, soltó una risita burlona mientras jugaba con su anillo de sangre pura.
—Vaya, Snape... —dijo Rosier, examinando a la niña con una mueca de asco—. Mira esos zapatos. Son casi tan patéticos como los tuyos cuando llegaste. ¿De qué alcantarilla ha salido esta? ¿Es otra de tus vecinas muertas de hambre?
—No tengo ni idea de quién es, Rosier —siseó Severus, con la voz cargada de un veneno que escondía un miedo profundo
El Sombrero Seleccionador se posó sobre la cabeza de la niña, y el silencio en el comedor se volvió absoluto.
Elena, a punto de sentarse en el taburete, buscó la mirada de su hermanastro entre la marea de túnicas verdes. Severus la miró fijamente por un segundo, sus ojos oscuros gritando una orden silenciosa: "No me reconozcas. Si quieres sobrevivir aquí, no eres nada mío".