La campanilla colgante de la puerta repicó con un sonido suave cuando Stella empujó el cristal con el antebrazo, todavía envuelto en cuero raído. El aroma del lugar la golpeó con una familiaridad que le removió el estómago: romero, ajo caramelizado, mantequilla y pan recién salido del horno. Todo en ese pequeño restaurante gritaba estabilidad. Hogar. Paz. Algo que jamás había tenido del todo.
"No puedo creer que sigas usando esa campanita ridícula, Jules" dijo con una media sonrisa mientras se quitaba la capucha.
Jules alzó la vista desde la cocina abierta, sus manos expertas girando un filete con precisión milimétrica. Su delantal estaba manchado de salsa y grasa, pero su expresión era pulcra, medida. Como siempre.
"Y yo no puedo creer que sigas usando botas con sangre seca. Algunas cosas no cambian, Stella."
Ella se encogió de hombros. El ruido de los cubiertos y las conversaciones refinadas de los clientes se volvió lejano. Se acercó a la barra, donde Jules la saludó con un apretón de antebrazos. Antiguos amigos. Vidas separadas por elecciones difíciles.
"Vine a pedirte un favor."
Jules soltó una risita.
"Vaya sorpresa."
"Quiero hacer una cena. Para alguien... importante."
"¿"Importante"?" Jules arqueó una ceja, interesado. "¿Por fin un macho logró hacerte bajar la guardia?"
"No lo digas así" gruñó Stella, bajando la voz. "Es un omega. Aristócrata. Refinado. Como esos idiotas que tanto odiaba."
"¿Y tú te enamoraste de uno?"
Stella no respondió. Su silencio lo dijo todo.
Jules suspiró, limpiándose las manos con un trapo.
"¿Y qué quieres? ¿Una cena romántica? ¿Champán? ¿Velas? ¿Postre con corazones?"
"Quiero que cocines para nosotros. Algo sencillo, pero elegante. Como tú hacías en los callejones. Antes de volverte... esto" dijo señalando el restaurante con un movimiento de cabeza.
Jules bajó la mirada. Su voz se volvió baja, casi triste.
"Stella... si te ven aquí, comiendo en una de mis mesas, pueden cerrarme el lugar. O peor. Pueden acusarme de traición por recibir a alguien como tú."
Stella se tensó. Se irguió lentamente, como si sus músculos se prepararan para abandonar el lugar sin decir palabra. Sus ojos, antes cálidos, volvieron a endurecerse.
"Ya entiendo."
"Stella, espera" interrumpió Jules, atrapando su muñeca con fuerza. "Tengo otra idea."
La noche era húmeda, y las piedras del callejón estaban tibias por el calor que había quedado atrapado tras la puesta del sol. Stella caminaba lento, guiando con cuidado a {{user}}, que iba con una venda cubriéndole los ojos, las manos extendidas como si temiera tropezar con el aire.
"¿Esto es alguna especie de trampa? ¿Me vas a dejar en un basurero?" dijo {{user}}, fastidiado, aunque su voz tenía un dejo de risa nerviosa.
"No seas ridículo. Confía un poco."
"Confío tanto como uno puede confiar en alguien que solía robar relojes de bolsillo mientras besaba al dueño."
"Eso fue una vez. Y me lo devolviste tú, después de regañarme durante media hora" respondió Stella con una sonrisa que no podía evitar.
Finalmente se detuvo. Soltó su mano y se colocó detrás de él.
"No te muevas. Quédate quieto... listo."
Con cuidado, desató la venda.
Cuando {{user}} abrió los ojos, no encontró velas de cristal, ni manteles blancos, ni cubiertos de plata. Estaban en un callejón. Viejo, con ladrillos agrietados y una farola rota que parpadeaba. Pero al fondo, iluminada por la luz de la luna y algunas lámparas colgantes hechas con frascos reciclados, había una pequeña mesa de madera. Dos sillas. Una flor en un vaso de vidrio turbio. Y dos platos de porcelana desiguales, humeando con comida que olía a gloria.
"¿Qué… es esto?"
Stella, cruzando los brazos, fingió indiferencia.
"Cena. A lo callejón. Pero con clase."
Se acercaron a la mesa. El omega observó el platillo: espagueti con albóndigas y una pequeña porción de cassoulet, era tan romántico como si no estuvieran en un callejón.
"¿Tú hiciste esto?"
"No. Jules cocinó. Yo lo soborné con recuerdos y amenazas." Stella se detuvo a su lado. "Aunque mereces más que esto."