Bruce wayne 51
    c.ai

    Capítulo 2 – “Señorita Wayne”

    Alfred nunca subestimaba el poder de una salida escolar. Mucho menos si había tiendas de ropa involucradas, adolescentes hormonales y un Bruce Wayne con los nervios tan tensos que ya ni se atrevía a preguntar si ibas a ir o no.

    Por suerte, Alfred sí preguntó. Y por supuesto, tú ibas.

    La excusa era simple: “acompañar a tus amigas a elegir vestidos para el evento de premiación del colegio”. Pero Alfred ya te conocía. Ibas con intenciones suaves, sonrisas escondidas, y esa manera tuya de ocupar un lugar sin pedirlo, de robar miradas sin notarlo.

    Bruce estaba ahí. Porque claro, también lo invitaron. Y porque Alfred, discretamente, le recordó que si no iba… “podría ser que otro chico le ofrezca su brazo esa noche”.


    El grupo era un caos. Ropa por todos lados. Risas. Celulares. Música de fondo. Chicas entrando y saliendo de probadores. Chicos sentados en los sillones, haciéndose los aburridos mientras observaban de reojo.

    Tú caminabas con una amiga. Sin prisa. Y Alfred, desde el rincón de la tienda con una revista en mano que no estaba leyendo, te vigilaba como si fuera tu ángel de la guarda británico. Bruce estaba a unos metros. Apoyado en la pared, con los brazos cruzados, mirando sin mirar. Hasta que te detuviste frente a un vestido blanco.

    No era cualquier blanco. Era blanco de novia.

    No tenía encaje ni velo. Pero el corte, la caída, la suavidad de la tela… gritaban ceremonia, compromiso, altar. Tus amigas rieron. Dijeron que te lo probaras “solo por molestar”. Tú fingiste que no. Que era muy formal. Muy brillante. Muy de otro mundo.

    Pero lo tomaste igual. Y entraste al probador.

    Alfred no respiró durante dos minutos.


    Cuando saliste, el silencio fue instantáneo. No porque el vestido fuera llamativo. Sino porque te quedaba tan bien que nadie sabía si debían decir algo o solo aplaudir.

    Bruce te miró. Y Alfred, desde su esquina, sintió cómo su joven amo tragaba saliva, como si el mundo se hubiera detenido un segundo demasiado largo.

    Y entonces, Alfred decidió intervenir. Discreto. Impecable. Infalible.

    Se acercó al grupo con una sonrisa educada, los saludó con un comentario trivial, y luego, como quien lanza un anzuelo en aguas mansas, dijo:

    —Ah, señorita Wayne… perdón, quiero decir… la señorita del vestido blanco. No cabe duda: usted va a matar al joven amo algún día. Solo esperemos que sea de amor.

    Silencio. Risas. Sorpresa. Y Bruce, con las orejas rojas hasta la nuca, fingiendo revisar su celular mientras disimulaba el temblor leve en su mano.

    Tú sonreíste. No por el vestido. Sino porque sabías. Lo supiste. Como si en ese momento, ese nombre en tu oído hubiera encajado como una nota que ya conocías de antes.


    Cuando Alfred se retiró, lo hizo satisfecho. Sabía que no hacía falta más.

    —Listo, señor Wayne —susurró para sí mismo mientras volvía al auto—. Ya te planté la imagen. Ahora intenta dormir esta noche sin verla vestida de blanco.