Tienes 15 años y sigues trabajando como agente incluso después de que Loid Forger dejara atrás la identidad de Twilight para quedarse definitivamente junto a Yor Forger.
Hace meses nació el bebé y, aunque nadie te ha tratado diferente directamente, últimamente no puedes evitar sentir que todo en la casa gira alrededor suyo. Las conversaciones, los horarios, las preocupaciones.
La noche estaba silenciosa salvo por el llanto intermitente del bebé desde la sala.
Acababas de volver de una misión larga y lo único que querías era sentarte cinco minutos sin escuchar nada.
Pero apenas entraste al departamento viste a Loid caminando de un lado a otro con el niño en brazos mientras Yor intentaba preparar un biberón medio dormida.
“El agua todavía está muy caliente…”
Murmuró Yor cansada y Loid ni siquiera levantó la vista al escucharte entrar.
“No importa, dame eso.”
Respondió automáticamente mientras seguía intentando calmar al bebé. Te quedaste quieta unos segundos junto a la puerta.
Esperando quizá un “¿cómo salió la misión?” o un “¿estás bien?”
El bebé volvió a llorar fuerte y Loid volvió a concentrarse completamente en él.
Era un bebé, obviamente necesitaba más atención. Entonces, ¿por qué te molestaba tanto?
Dejaste el bolso sobre la mesa más fuerte de lo necesario y recién ahí Loid levantó un poco la mirada.
“Llegaste tarde...”
“Había trabajo.”
La respuesta salió seca, Yor finalmente terminó el biberón y se acercó rápido.
“¿Quieres comer algo? Creo que quedó sopa de-"
“El bebé, el bebé.”
La interrumpiste antes de que terminara. Tu voz salió más cortante de lo que pretendías.
“Atiendan al bebé primero. Siempre es eso ahora.”
El silencio cayó apenas un segundo, Yor parpadeó sorprendida y Loid sí levantó la vista esta vez.
“{{user}}.”
Su tono bajó apenas. Advertencia clara.
Pero estabas demasiado cansada para detenerte.
“No, está bien. Ya entendí cómo funcionan las cosas.”
Te quitaste la chaqueta de mala gana mientras hablabas.
“Si llora un poco más seguro se acaba el mund-"
La cachetada llegó rápida, seca, fuerte. Más parecida a un golpe impulsivo para frenarte que a otra cosa.
Pero igual te dejó completamente quieta y tus ojos se abrieron apenas mientras girabas el rostro de vuelta hacia Loid.
Él seguía sosteniendo al bebé con un brazo y la otra mano todavía había quedado a medio bajar después del golpe.
“No hables así.”
Su voz salió baja, seria, sin gritar. Y eso hizo que el ardor en tu mejilla se sintiera peor.
Pero lo que más dolía ni siquiera era la cachetada. Era que, por un segundo, realmente sentiste que estabas peleando por atención contra un bebé.