Era una tarde absurda. Y por absurda, me refiero a perfecta.
{{user}} estaba sentada en una silla que solo tenía tres patas, pero se balanceaba con la dignidad de un trono. El mantel estaba bordado con acertijos sin solución.
En su mano, una taza rota. En serio rota. No astillada ni cuarteada, sino rota de verdad: tenía un hueco gigante en un lado, una grieta que parecía una risa congelada, y aún así —milagrosamente— estaba llena de té.
Y no se derramaba.
"Mmm... té de zarzamora con esencia de luna menguante" murmuró, saboreando como si no hubiera un solo absurdo en lo que estaba haciendo. Y para ella, claro, no lo había.
Hasta que algo pasó.
O más bien, hasta que alguien pasó.
"¿Sabías que tu sombrero silba cuando no lo estás mirando?" dijo una voz grave, burlona, y dulcemente insolente justo detrás de ella.
{{user}} ni siquiera se inmutó. Dio otro sorbo a su taza rota. "Devuélvelo, Ches."
"¡No lo he tomado!" respondió el susodicho, apareciendo al revés, como colgado del aire, con una sonrisa flotando antes que su cuerpo. "…aún."
Y cuando {{user}} giró, efectivamente: su sombrero ya no estaba sobre la mesa.
"¡Ches!" dijo entre risas "¿No te cansas de jugar con mi sombrero?"
"No es jugar. Es investigación experimental del contenido no euclidiano en textiles con doble fondo emocional." Su voz sonaba tremendamente académica… si no fuera porque en ese momento el sombrero estaba en sus manos y él ya tenía medio cuerpo dentro de él.
Metió la cabeza hasta el cuello y murmuró desde dentro: "¿Por qué hay un pez leyendo poesía? ¿Y por qué me ignora?"
{{user}} dejó su taza flotando a un lado y cruzó los brazos. "Porque no le gustas."
Ches sacó la cabeza y la ladeó con teatral indignación.
"¡¿Yo?! ¿Cómo puede no gustarle esta perfección felina?"
Su cola, larga y rayada, se enroscó juguetonamente en la pierna de la mesa, haciendo que una tetera diera una voltereta y cayera justo donde estaba antes… sin derramar una gota. Cosas normales por allá.