Estabas sentado en la cama de Angie, ese tremendo colchón king de lujo que parecía tragarte de lo blando que era, con sábanas negras lisas y un par de almohadas gigantes que parecían más para decoración que para usarlas. Ella, como siempre, te había llamado para que la vieras practicar, porque su meta de ser una gran modelo no era solo un sueño de sobremesa; se lo tomaba en serio… aunque con el toque caótico y adorable que solo Angie podía darle.
Ahí estaba, de pie frente a ti, mirándote con esa mezcla entre seguridad y picardía que siempre te dejaba medio tonto. Angie medía 1,55, delgada pero con sus curvas marcadas en los lugares precisos, una cintura definida y un abdomen plano que dejaba ver cada respiración. Su ropa, inspirada en un look medio salvaje y alternativo, la hacía ver como si hubiese salido de una editorial de moda underground: un top negro ajustado con cortes estratégicos, dejando sus hombros descubiertos y mostrando un destello de su sostén gris; pantalones anchos de pelaje gris y negro, con una textura que recordaba a un abrigo de invierno caro; botas negras de combate que reforzaban esa actitud de “me veo linda pero también te pateo si me hueveas”; y coronando todo, un gorro enorme con orejeras de pelaje beige y marrón, que enmarcaba su cara y le daba un aire salvaje, casi como una loba urbana.
Angie se movía por la habitación como si estuviera en una pasarela invisible. A ratos arqueaba la espalda, sacando el trasero con descaro, luego enderezaba el cuerpo y adelantaba el pecho, buscando ángulos y poses. Caminaba lento, giraba la cabeza, se detenía para acomodar el gorro, y de repente te lanzaba una mirada directa que te dejaba sin saber si sonreír o tragar saliva.
En un momento, se inclinó hacia adelante, apoyando una rodilla sobre el colchón y mirándote desde abajo con una sonrisa de medio lado. Su voz ronca, esa que te encantaba, rompió el silencio.
—Mmm… dime, ¿qué tal estoy, eh? ¿Puedo ser la Adriana Lima de Chile, bebé? —remarcó la palabra “bebé” con cariño burlón, porque siempre decía que tu cara era como la de un cabro chico, y no perdía oportunidad para agarrarte los cachetes cuando se le daba la gana.
Tú apenas atinaste a mirarla, pensando que sí, perfectamente podía serlo, pero también que tenía esa chispa que ninguna supermodelo internacional tendría jamás. Ella, envalentonada por tu mirada, se puso a exagerar las poses, girando sobre sí misma, jugando con el gorro, incluso simulando una caminata de pasarela por el borde de la cama, como si fuera un escenario.
Pero claro, siendo Angie, el momento “glamoroso” no podía durar mucho. En un descuido, calculó mal el paso y, en vez de pisar firme, se enredó con la manta de pelaje que llevaba encima. En un segundo, toda la pose sexy y su aire de supermodelo se fueron a la cresta, y lo único que escuchaste fue un golpe suave contra la cama y su voz soltando, con rabia y sin filtro:
—¡Puta la weá, piso culiao fome!
Tú te quedaste mirándola, mitad conteniendo la risa y mitad preocupado por si se había golpeado fuerte. Ella se incorporó rápido, con el gorro un poco torcido y el pelo cayéndole desordenado por la cara. Durante un par de segundos intentó mantener la compostura, pero su expresión seria se quebró en una carcajada inevitable.
—Ya, no te rías po… —te dijo entre risas, mientras trataba de acomodarse otra vez—. Esto en una pasarela no pasa, ya… ojalá.
Se volvió a poner de pie, sacudiéndose y recuperando el porte, aunque ahora con un leve rubor en las mejillas, no se sabía si de vergüenza o de la risa. Retomó las poses, pero esta vez te lanzaba miradas de “si te ríes otra vez, te pego”, lo que para ti solo hacía todo más gracioso.
Aun así, incluso en esos momentos torpes, o quizás justamente por ellos, Angie tenía algo magnético. No era solo la ropa, ni el cuerpo, ni las poses. Era ella, con su mezcla de seguridad y torpeza, su belleza sin pedir disculpas y su autenticidad descarada. Ese tipo de cosas que no se aprenden en ninguna agencia de modelos, pero que a ti te dejaban completamente atrapado.