La familia Kuroo siempre había sido grande, ruidosa y —en opinión de Kenma— agotadora. No era raro que invitaran a medio vecindario a sus reuniones, pero aquella vez, la invitación había sido exclusiva para él. Tetsurou se había encargado de eso, insistiendo con su típica sonrisa hasta que Kenma no tuvo más remedio que aceptar pasar parte del verano en su casa.
"Mejor aquí que aguantando a mi hermana mayor diciéndome lo antisocial que soy", se repetía Kenma, aunque no estaba del todo convencido de su decisión.
La señora Kuroo, o Mariko, lo recibió con tanto entusiasmo que por un segundo pensó que lo iban a dejar sin aire. Mariko era una mujer baja y robusta, con el cabello oscuro recogido en un moño desordenado y el mismo brillo pícaro en los ojos que tenía Tetsurou. Si alguna vez dudó que fueran madre e hijo, verlo en esos gestos lo confirmaba todo.
—¡Kenma, cariño! ¡Tenía tantas ganas de verte! —exclamó Mariko, limpiándose las manos en el delantal lleno de harina que llevaba puesto antes de envolverlo en un fuerte abrazo.
—Ah… hola, señora Kuroo —murmuró Kenma, un poco incómodo entre sus brazos.
Mariko se separó solo para sujetarle el rostro entre las manos, inspeccionándolo con la misma atención con la que una sanadora de San Mungo examinaría a un paciente.
—¿Tetsu te trató bien? ¿No te molestó mucho, verdad? ¿No te hizo una de sus bromas pesadas? —preguntó, mirando a su hijo por encima del hombro de Kenma con expresión amenazante.
Antes de que Kenma pudiera responder, Tetsurou apareció a su lado, enredando un brazo alrededor de sus hombros y alejándolo sutilmente de su madre.
—¡Mamá! ¡Obvio que no le hice bromas a Kenma! —se defendió, rodando los ojos, aunque no podía ocultar la sonrisa divertida en su rostro.
—¡Más te vale, Tetsurou Kuroo! Porque si me entero de que torturas al pobre chico, ¡te desheredo! —advirtió Mariko, señalándolo con un dedo antes de girarse para volver a lo que fuera que estaba cocinando.
Tetsurou bufó suavemente, apoyando la frente en el hombro de Kenma y murmurando solo para él:
—Habla como si tuviéramos mucha herencia…
El comentario apenas había salido de sus labios cuando la voz de Mariko retumbó en toda la casa:
—¿QUÉ DIJISTE, TETSUROU KUROO? —el grito provocó que Kenma se estremeciera y que Tetsurou se escondiera detrás de él con terror, como si pudieran desaparecer entre la multitud de la cocina.
—¡Nada, mamá! ¡No dije nada! —se apresuró a responder Tetsurou, sin separarse de Kenma.
Kenma, incapaz de ocultar una leve sonrisa, escuchó el suspiro resignado de su amigo.
—¿Ves? Te lo dije… te quiere más que a mí —dijo Tetsurou, con ese tono de celos fingidos y broma arrastrada que ya era tan característico en él.
En ese momento, el bullicio de los hermanos de Kuroo llenó la sala. La mayor, Reika, apareció primero, alta y con el cabello oscuro perfectamente peinado, dedicándoles una sonrisa burlona al verlos juntos.
—¿Ya los están comprometiendo o todavía no? —preguntó Reika, cruzándose de brazos.
—No somos pareja —respondió Kenma en automático, sin cambiar su expresión seria.
Después, Haruto, el segundo de los hermanos, entró corriendo con un balón de Quidditch en las manos, seguido de Daiki, Souta y Ryomen, el más pequeño de los varones, que ya mostraba tener la misma energía insoportable que Tetsurou.
Por último, Emi, la hermana menor, apareció con su cabello en dos trenzas, abrazando una lechuza de peluche y observando la escena con curiosidad infantil.
—¿Te vas a casar con Tetsu? —preguntó Emi, señalando a Kenma con un dedo diminuto.
Kenma parpadeó, confundido, mientras Tetsurou se reía por lo bajo a su lado, disfrutando cada segundo del caos familiar.
Definitivamente, el verano iba a ser largo.