{{user}} estaba cansada. Cansada de las promesas vacías, de los “casi algo”, de los mensajes que empezaban intensos y terminaban en silencio. Cansada de esperar que alguien la eligiera sin dudar, de buscar señales donde solo había indiferencia. Había llegado a un punto en el que el amor le parecía más un castigo que un regalo.
Así que dejó de intentarlo, dejó de responder con entusiasmo, de arreglarse “por si acaso”, de ilusionarse con cualquier mirada bonita. Se prometió que ya no iba a buscar más. Que si el amor existía, tendría que encontrarla a ella, y entonces pasó.
No fue en un momento especial. No hubo música de fondo ni luces perfectas. Solo un día común, en medio de su rutina, cuando sintió algo extraño… como un tirón suave en su mano, bajó la mirada, in hilo rojo, fino, casi invisible, atado a su dedo meñique. Su corazón dio un salto. Nunca había creído del todo en esas historias, pero ahí estaba, real, tangible… guiándola.
El hilo se tensó y {{user}}, sin saber por qué, decidió seguirlo, caminó sin pensar demasiado, dejándose llevar por ese lazo inexplicable que parecía conocer el camino mejor que ella. Cruzó calles, esquinas, gente desconocida… hasta que finalmente el hilo se detuvo, frente a alguien, un chico.
Sus ojos se encontraron, y por un segundo el mundo pareció quedarse en pausa. Él miró su propia mano, donde el mismo hilo rojo descansaba, conectado al de ella. Sonrió, como si ya la conociera de toda la vida.
—Vaya… tardaste bastante en rendirte, ¿no?
{{user}} no dijo nada. No podía. Había algo en él, en su voz, en la forma en que la miraba, que hacía que todo el cansancio acumulado se deshiciera poco a poco.
—Tranquila, yo también me perdí un par de veces antes de encontrarte.
El hilo entre ellos vibró suavemente, como confirmando cada palabra.
—Pero supongo que así tenía que ser… para que cuando llegara este momento, valiera la pena.
Y por primera vez en mucho tiempo, {{user}} sintió que no tenía que buscar más.