Félix no fue solo una relación. Fue esa relación: la que te cambió la forma de amar, de dormir, de existir con alguien al lado. Con él aprendiste lo que era compartir silencios en una cama desordenada, miradas largas en la oscuridad, promesas que no necesitaban palabras.
Cuando terminó —o cuando simplemente se rompió— no hubo cierre real.
Solo ausencia.
Y la ausencia empezó a doler más por las noches, cuando la ciudad se callaba y tu cabeza no. Pensar en Félix se volvió insoportable. Recordarlo era volver a una cama vacía, a sábanas frías, a preguntas sin respuesta.
Así que empezaste a drogarte.
No para divertirte.
Sino para no pensar. Para apagarlo. Para no pronunciar su nombre en voz alta... Pero cuando te drogabas y sumergias en el alcohol, él era en los primeros que pensaba.
Las noches se volvieron borrosas.
Las calles, confusas.
Las caras, intercambiables.
Hasta que una noche, demasiado drogado para distinguir pasado de presente, crees verlo en todos lados. Y cuando una señora mayor pasa cerca, la miras con los ojos perdidos y le preguntas, con voz temblorosa:
“Disculpa… ¿eres Félix?”
La mujer se detiene, confundida. Antes de que responda, alguien te agarra de la muñeca con fuerza.
—No. No, no… basta.
El agarre es firme. Conocido. Te arrastra lejos mientras murmura una disculpa rápida a la señora.
—Perdón… ya me encargo.
Camina rápido, casi furioso, hasta una plaza oscura con luces tenues alrededor. Recién ahí te suelta de golpe. Cuando levanta la cara, lo ves claro; rubio, pecoso, silueta de un ángel. Es él. De verdad.
—¿Sabes el susto que acabas de pegarle a esa mujer?
Te mira unos segundos en silencio. El enojo se le quiebra.
—…Mierda.
Se pasa una mano por el pelo, respira hondo.
—¿Qué mierda estás haciendo? ¿Desde cuándo estás así…?