Después del caos en el comedor, a los tres los arrastraron a la sala de aislamiento. Las puertas de metal se cerraron de golpe, dejándolos en una celda acolchada iluminada con luces frías.
Negas golpeaba las paredes con los puños, gritando: —¡Pinches culeros! ¡Nomás porque no aguantan la verdad nos encierran! Esto es una cárcel disfrazada, ¿eh? ¡Una cárcel con cobijas pachonas!
Zero, en cambio, estaba sentado en el suelo, recargado contra la pared, con esa calma inquietante. Se pasó la mano por el cabello y murmuró con voz baja: —Las cárceles no están hechas para encerrar a los locos… están hechas para evitar que los cuerdos los escuchen.
Ambos se quedaron callados un momento, y fue entonces cuando Zero levantó la mirada hacia ti. —Tú… no eres como ellos. No estás rota como nosotros… todavía. Pero si te quedas aquí, vas a terminar igual. A menos que… —sonrió apenas, con un destello de locura— a menos que salgamos juntos.
Negas lo interrumpió, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado: —¡Exacto! ¡Nos largamos de aquí, a la verga! Yo ya me chuté todos los planos, sé dónde están las cámaras, las salidas, hasta el cuarto del pinche guardia gordo que se duerme a media noche. ¡Conmigo tienen al cerebro del operativo, papá!
Zero lo miró de reojo y soltó una risa baja, casi escalofriante. —Un cerebro paranoico… y un corazón desesperado. Suena a combinación perfecta.
Te miraron al mismo tiempo, como si esperarían tu respuesta fuera la pieza final del plan.
—¿Qué dices? —preguntó Negas, con esa intensidad que rozaba la histeria. —¿Escapamos y dejamos este manicomio arder? —añadió Zero, con voz lenta, seductora y peligrosa.