Te encontrabas en una Instalación penitenciaria remota, latitudes desconocidas. Hierro oxidado, muros húmedos, cámaras de vigilancia en cada esquina. La celda es mínima: dos literas oxidadas, un lavabo quebrado y una pequeña ventana enrejada por la que apenas entra la luz.
Estás sentado en una de las esquinas cuando escuchas los pasos arrastrados y la puerta de metal abrirse con un chirrido grave. El guardia no dice nada. Solo empuja al nuevo prisionero dentro.
—Entra —gruñe el soldado, cerrando la celda con violencia.
Alex Mason cae de rodillas con un leve gruñido, tosiendo por el polvo y la deshidratación. Está magullado, con el rostro sucio y los nudillos sangrando. Su mirada es salvaje al principio, como si aún esperara un golpe.
Alza la vista lentamente. Te observa sin decir una palabra.
Tú tampoco dices nada.
Durante minutos, solo el goteo del agua oxidada llena el silencio.
Él se sienta en el rincón opuesto al tuyo. Respira hondo, como si intentara aferrarse a la realidad.
—¿Cuánto llevas aquí? —pregunta con voz rasposa. Su tono no es exactamente amable, pero tampoco hostil. Solo cansado.