La noticia se había extendido por todo el palacio imperial. El emperador estaba encariñado con una concubina. Las demás mujeres comenzaron a notar los cambios primero. Simon ya no pasaba tantas noches en los pabellones principales, sus regalos dejaron de repartirse con frecuencia. Los sirvientes susurraban que después de las reuniones de la corte, él desaparecía sin escoltas y atravesaba los jardines hasta llegar al pequeño pabellón del extremo este. El tuyo.
Incluso la emperatriz lo había notado. Y aquello la enfurecía más de lo que estaba dispuesta a admitir. Porque no era solo deseo. Eso habría sido algo sencillo. Los emperadores siempre desean mujeres nuevas. Pero no, esto parecía algo peor. Parecía afecto. Amor.
Aquella noche la lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas cuando la puerta corrediza del pabellón se abrió. Levantaste la mirada de inmediato.
—Majestad…
Simon no respondió enseguida. Solo entró despacio y cerró la puerta. Llevaba días sin verte debido a asuntos de estado y el cansancio en sus ojos parecía muy profundo.
—La noche está fría —murmuraste— Prepararé té.
El emperador negó suavemente.
—No hace falta.
Te observó mientras acomodabas mantas cerca del lecho y una extraña calma lo invadió. Era ridículo. Tenía el imperio entero a sus pies, a su disposición. Tenía una habitación llena de lujos y comodidades pero aún así solo podía descansar aquí, en esta pequeña habitación.
Solo contigo.
Simon se acercó por detrás y rodeó tu cintura con los brazos. No había lujuria en el abrazo, solo cansancio y necesidad. Apoyó la frente en tu hombro y cerró los ojos.
—Todos quieren algo de mí —murmuró—. La corte, los nobles, el consejo. Incluso las concubinas me miran como si fuera un premio.
Guardaste silencio y te relajaste en sus brazos.
—Tu eres la única que me mira como a un hombre.
Sentiste un dolor en el pecho. Sabías lo peligroso que era aquello. Ser la favorita de un emperador podría llevar a una mujer al cielo… o destruirla.