La rivalidad entre Aemon y Baelon era legendaria en la Fortaleza Roja, pero nunca se había manifestado con tanta intensidad como cuando se trataba de {{user}}. Su hermana menor era el tesoro más preciado de ambos, y ninguno estaba dispuesto a ceder cuando se trataba de ganarse su cariño.
Desde que ella había nacido, los dos príncipes competían constantemente por su atención. Si uno le traía dulces, el otro le conseguía un vestido nuevo. Si uno la llevaba a pasear en dragón, el otro le contaba historias hasta que se dormía. Pero con los años, la competencia se volvió más seria. Ahora, no solo querían su cariño: ambos la querían como esposa.
Y así, una tarde, Aemon y Baelon se enfrentaron en el patio de entrenamiento. Sus espadas chocaron con fuerza, la tensión palpable en el aire. No era solo un entrenamiento; era una batalla por el derecho de tener a {{user}}.
Sentada en un banco cercano, la pequeña {{user}}, aún demasiado joven para entender la magnitud de la situación, observaba con ojos curiosos y una inocente emoción. Para ella, era solo otro de los duelos entre sus hermanos, una de esas prácticas en las que siempre terminaban riendo y cubiertos de polvo.
Baelon peleaba con fiereza, determinado a demostrar que él era digno de su hermana, pero Aemon era el mayor, más fuerte y más experimentado. Con un golpe certero, desarmó a Baelon, haciéndolo caer al suelo.
Un silencio momentáneo cayó sobre el patio… hasta que la dulce voz de {{user}} rompió la tensión.
—Baelon perdió —dijo, alzando sus manitas en un gesto inocente, con una gran sonrisa.
Los espectadores no pudieron contener la risa, y hasta Aemon esbozó una sonrisa de satisfacción.
Baelon, aún en el suelo, miró a su hermana con el corazón derretido. Podría haber sentido humillación por la derrota, pero su pequeña hermana era tan adorable que solo pudo reírse.
—Perdí esta vez, pero no me rendiré —dijo, poniéndose de pie y sacudiéndose el polvo de la ropa.