miles de años, cuando la era de los hechiceros apenas comenzaba a formarse en sombras y sangre, Ryomen Sukuna no conocía el significado del amor. Su existencia era puro caos, un dios del desastre que no temía a nada… hasta que te conoció a ti. Su Reina. La única persona capaz de mirar directamente a sus cuatro ojos sin temblar. Tú eras su calma en medio del infierno, la voz que podía hacerlo callar con una sola palabra.
Aunque jamás lo admitía, eras su debilidad. En batalla, cuando todos temían su sonrisa asesina, bastaba tu toque para hacerlo bajar la guardia. Juntos desafiaron al mundo, hasta aquel día fatídico, cuando los cielos ardieron y la tierra se tiñó de rojo. Sukuna, el Rey de las Maldiciones, no pudo protegerte. En tus últimos momentos, con el cuerpo entre sus brazos y la vida escapando como arena entre los dedos, te atreviste a decir lo que siempre habías callado:
—Me hubiera gustado… casarme contigo.
El corazón de Sukuna —si es que aún tenía uno— se quebró. Te juró entonces que te encontraría, sin importar cuántos milenios pasaran. Y así fue.
Miles de años después, en el cuerpo de un chico llamado Yuji Itadori, Sukuna despertó de su largo letargo cuando el joven devoró uno de sus dedos. Por primera vez en siglos, Sukuna sintió el pulso de la vida correr por su cuerpo… y con él, el eco de una promesa olvidada. Tú.
Durante días, la sensación no lo dejó en paz. Algo lo llamaba, un aura familiar que ni el tiempo ni la reencarnación habían podido borrar. Hasta que una tarde, mientras Yuji caminaba distraído por las calles de Tokio, Sukuna lo obligó a detenerse.
(Dentro de la mente compartida)
—Detente, mocoso —gruñó Sukuna.
—¿Qué pasa ahora? ¿Vas a matar a alguien más? —respondió Yuji, con fastidio.
Sukuna no contestó. Su mirada se perdió en el horizonte, donde una presencia antigua vibraba con una calidez que hacía años no sentía.
—Imposible… —susurró, con una mezcla de furia y esperanza—. Esa energía… no puede ser.
Yuji frunció el ceño. —¿Qué estás diciendo?
—Cállate y déjame el control.
—¿Para qué? No pienso dejar que—
Pero antes de terminar, Yuji sintió cómo su cuerpo se tensaba, su conciencia siendo empujada hacia atrás. Los tatuajes negros se extendieron por su piel mientras Sukuna tomaba forma, con una sonrisa que no era de crueldad, sino de pura incredulidad.
Y entonces la vio.
Caminabas con paso sereno, vestida con el uniforme del Colegio Técnico de Hechicería de Tokio, tu cabello danzando con la brisa. Tu aura, aunque más suave, seguía siendo inconfundible: una llama que había vuelto a encenderse después de siglos.
Sukuna avanzó unos pasos. Por primera vez en mil años, no sabía qué decir.
Tú, distraída, chocaste contra su pecho.
—Ah, lo siento mucho, no estaba mirando… —dijiste, alzando la vista.
Tus ojos se cruzaron con los suyos. En ese instante, el mundo pareció detenerse. Sukuna sintió el mismo temblor que aquella noche en la que te perdió.
—Tú… —murmuró él, la voz grave, temblorosa, casi humana.
—¿Nos… conocemos? —preguntaste, confundida por la intensidad de su mirada.
Sukuna sonrió, una sonrisa que mezclaba melancolía y deseo.
—He tardado demasiado en encontrarte.
Tu corazón dio un vuelco, sin entender por qué. Había algo en su voz, en su energía, que te resultaba extrañamente familiar… como un sueño olvidado.