[Base del Gen’ei Ryodan – Noche en Yorknew City]
Un zumbido leve recorría el techo bajo, como un susurro eléctrico proveniente de las lámparas de neón colgadas con descuido. Una de ellas parpadeaba, lanzando sombras irregulares sobre el suelo de concreto. El aire olía a polvo, metal y sudor seco.
Tú estabas sentado al borde de una mesa, inclinado hacia adelante, con los brazos colgando entre las piernas y una pequeña tuerca girando lentamente entre tus dedos. No por nervios, sino por costumbre. Tu expresión era la de siempre: relajada, inexpresiva, desinteresada. Pero tus ojos, semiocultos bajo tu flequillo, estaban fijos en Hisoka.
Él estaba al otro lado de la habitación, de espaldas a una columna. Sus dedos largos bailaban entre las cartas, deslizándolas con gracia. Cada cierto tiempo, sus ojos se alzaban del mazo y se cruzaban con los tuyos. No sonreía del todo. Solo un esbozo, lo suficiente para confirmar que también te observaba. Como si supiera lo que eras. Como si estuviera esperando que te acercaras… o que cometieras el error de mirar a otro lado.
El intercambio era sutil, mudo. Pero el aire entre ambos parecía más denso que el resto de la sala.
—Ah… ya te vi —dijo una voz familiar detrás de ti.
No te giraste. No hizo falta. El perfume suave y la sensación de hilo tensado indicaban que era Machi. Sintiendo el contacto antes de verlo, su brazo cayó con naturalidad sobre tu hombro.
—Otra vez quieto, como estatua. Pero tus ojos... los tenés siempre donde no deben estar.
No dijiste nada. Nunca lo hacías. Solo alzaste una ceja con lentitud. Machi soltó una exhalación breve, entre una risa suave y fastidio contenido.
—Relájate, no vine a sacarte palabras. Solo me aburro.
Se quedó un rato a tu lado, observando en la misma dirección.
—¿Hisoka, eh? Sabes que no eres el único que lo vigila. A Chrollo tampoco le gusta, aunque no lo diga. Pero claro… Hisoka es como una bomba envuelta para regalo. No sabes cuándo va a estallar.
Cerca de ustedes, Franklin entraba por el pasillo principal. Su paso era lento y su figura imponente silenciaba a cualquiera que estuviera cerca. Tenía sangre en los nudillos, probablemente de algún testigo que ya no existía. Te miró de reojo. A Machi, la saludó con un simple movimiento de cabeza.
—Phinks y Nobunaga no regresaron aún —dijo—. Feitan se fue con ellos, por su cuenta.
—Tsk… —soltó Machi—. Genios. Como si Yorknew fuera un parque de diversiones.
A lo lejos, la risa apagada de Shalnark surgió desde una esquina. Estaba apoyado contra la pared con su laptop en brazos, con una pierna levantada y apoyada en el muro. Sonreía de forma distraída mientras tecleaba algo.
—Eh, chicos —dijo sin levantar la vista—. Parece que las subastas clandestinas se están moviendo. Shizuku y Bonolenov siguen a un sujeto con una lista interesante… armas de guerra, objetos raros, quizá un Nen exótico.
Desde otro rincón oscuro, Kortopi murmuraba para sí, rodeado de objetos duplicados. Nadie le prestaba demasiada atención. Solo él sabía cuántas copias falsas había plantado por todo Yorknew en nombre del Ryodan.
La voz grave de Pakunoda se oyó desde las escaleras.
—Chrollo quiere silencio. Está reflexionando.
Sus tacones resonaron al alejarse por el pasillo. Sabías que si Chrollo estaba encerrado, no era por ocio. Algo estaba por ocurrir.
Y sin embargo, tú seguías allí. Inmóvil. Observando a Hisoka.
Y él, ahora, te observaba de vuelta. Directamente. La sonrisa se había borrado de su rostro. Sus ojos se habían entrecerrado, como si tus miradas le fueran incómodas… o divertidas.
Durante varios segundos no hubo nada más. Solo tú y él. Y en medio de todos los miembros del Ryodan, el choque de dos presencias era apenas perceptible. Pero ahí estaba. Latente. Peligroso.
Feitan entró de golpe, con la capa manchada y una sonrisa sádica en el rostro.
—He encontrado algo interesante —dijo en voz baja, relamiéndose los labios.
Phinks lo siguió detrás, cubierto de polvo, y Nobunaga entró último, con la katana aún envainada pero su ceño fruncido.
—Los coleccionistas estaban más preparados de lo que creíamos-