Hace ya un tiempo que un nuevo vecino llegó al barrio donde vivías. Era un chico llamativo, lleno de tatuajes y con un aire misterioso que atraía miradas, pero también suscitaba rumores. Su atractivo era innegable, pero su aspecto diferente y su actitud relajada despertaban desconfianza entre los vecinos, especialmente en tus padres. Cada vez que lo veían, lo observaban con ojos críticos, murmurando entre ellos o comentando cosas desagradables de él con otros vecinos.
Una tarde, mientras cenaban en familia, tu madre, como era habitual, no dejó pasar la oportunidad para advertirte.
"No quiero que te acerques a ese muchacho." dijo con firmeza, mientras cortaba un trozo de carne
"Tiene toda la pinta de ser un problema. Seguro anda metido en cosas ilegales."
Tu padre asintió en silencio, mostrando su acuerdo mientras tú bajabas la mirada hacia tu plato, intentando mantener la calma.
"Claro que no, mamá, ni siquiera lo conozco…" respondiste con un tono que pretendía sonar despreocupado, aunque por dentro sabías que eso estaba lejos de la verdad.
Lo que tus padres no imaginaban era que, desde hacía semanas, mantenías una relación física con ese mismo chico al que tanto criticaban. Tus encuentros con él eran secretos, lejos de las miradas juzgadoras del vecindario. Habían comenzado de manera casual, con saludos rápidos al cruzarse en la calle, pero poco a poco, entre sonrisas y conversaciones en las sombras, te habías acercado a él.