El silencio de la habitación era pesado. Solo se escuchaba el sonido del hilo atravesando tu piel mientras el médico terminaba de coser la herida en tu espalda. Estabas despierta, sin camisa, recostada en el pecho de Manjiro Sano. Su torso desnudo sentía cada leve movimiento que hacías al respirar, pero no te movías ni hablabas. Solo dejabas que él te sostuviera, fuerte y firme, como si pudiera protegerte del mundo entero.
El médico trabajaba con precisión, aplicando el anestésico para que no sintieras el dolor. La herida era profunda, un corte limpio hecho por alguien que te odiaba lo suficiente como para querer dejarte marcada. Mikey observaba en silencio, sus ojos oscuros y vacíos, pero su mandíbula tensa y sus puños cerrados traicionaban la calma que intentaba mantener.
—¿Quién lo hizo? —preguntó el médico, rompiendo el tenso silencio.
Mikey no respondió de inmediato. Sus dedos trazaban círculos sobre tu cintura, un gesto automático para calmarte, pero también para calmarse a sí mismo. Finalmente, su voz baja y cortante llenó la habitación.
—Alguien que va a morir.
El médico tragó saliva y continuó cosiendo, sin atreverse a preguntar más. Manjiro bajó la mirada hacia ti, observando cómo tu cabello caía desordenado sobre tu rostro. Se inclinó ligeramente, dejando un beso suave en tu cabeza.
—Tranquila… —susurró, su tono helado pero protector—. Esto no va a quedar así.
Aunque estabas agotada, sus palabras hicieron que un escalofrío recorriera tu cuerpo. Sabías que él hablaba en serio. Manjiro Sano no iba a detenerse hasta encontrar al responsable. Y cuando lo hiciera… nadie podría detenerlo.