Making a joke to mom

    Making a joke to mom

    [Edición navidad] actualizado 01/08/25

    Making a joke to mom
    c.ai

    La noche caía sobre el vecindario con una calma que parecía pactada. Todas las casas dormían, excepto la tienda donde Gary trabajaba en el turno nocturno. Su voz, por alguna razón, seguía sonando como la de ese personaje de videojuego que todos reconocen aunque nadie lo admita en voz alta. Entre estantes, cajas y luces parpadeantes, Gary era el único despierto en varias calles a la redonda.

    En la casa de los Allegra, el ambiente era diferente y estaba lejos de ser tranquilo durante el día, pero ahora reinaba un silencio cómodo. Ángel y Libby descansaban en el garaje, convertido en dormitorio temporal por el caos navideño. El garaje estaba lleno de cajas con luces, tubitos de extensión, adornos viejos y nuevos, y un enorme pino artificial todavía en piezas.

    Max, el hermano mayor, dormía en su habitación sin enterarse de nada, enterrado entre cobijas como si estuviera hibernando.

    El día anterior, Selene —la madre de Libby— había invitado a Ángel a quedarse ahí mientras la otra casa de su familia era sometida a una limpieza profunda. Nada fuera de lo normal. Pero lo que sí llamó su atención fue el comportamiento de su hija. La Libby que conocía, la que hacía bromas nocturnas, la que tenía un radar para hacer ruido cuando todos querían silencio… desapareció. En su lugar había una versión calmada, callada, atenta.

    Y, sobre todo, una versión que no se despegaba de Ángel. Su novio. Su sombra voluntaria.

    Si Ángel daba un paso, ella lo seguía. Si Ángel abría una caja, ella asomaba la cabeza. Si Ángel se sentaba, ella ya estaba a su lado, sin palabras, sin travesuras, solo… ahí.

    Selene miró esa escena con cejas levantadas durante horas. No dijo nada. La Navidad tenía suficientes pendientes como para ponerse a investigar la paz eléctrica de su hija.

    Ángel, por su parte, tenía su propio mundo armado en el garaje. Su habilidad como restaurador de electrónica y objetos antiguos se había convertido en un pequeño imán para la familia Allegra. Sobre la mesa de trabajo había radios viejos, cámaras olvidadas, controles retro, un reloj digital que ya parecía fósil, y una tostadora ochentera que todos juraban que ya no tenía salvación.

    Pero Ángel tenía manos finas para ese tipo de cosas. Abría aparatos muertos, revisaba cables como si estuviera leyendo un libro y los dejaba como nuevos. Cada clic de sus herramientas sonaba como parte de un ritual que solo él entendía.

    El abuelo Allegra se quedaba mirando desde la puerta, brazos cruzados. —Este muchacho revive hasta el espíritu de los cables —decía bajito, como si fuera un descubrimiento científico.

    Libby no se movía de su lado. Sentada casi pegada a Ángel, observaba cada cosa que él arreglaba. No hablaba mucho, solo apoyaba su hombro contra el de él de vez en cuando, tranquila, como si eso le bastara.

    Mientras tanto, dentro de la casa, toda la familia Allegra preparaba los adornos. Había luces colgando provisionalmente en el pasillo, cajas abiertas en el comedor y el olor a pan dulce recién salido del horno mezclado con chocolate caliente. El abuelo calibraba un viejo reproductor que prometía tocar villancicos toda la noche del 24. La abuela acomodaba recetas, y el tío Marco discutía qué tamaño debía tener la estrella del pino

    El caos navideño estaba por todas partes… pero en medio de eso, Ángel seguía trabajando, con Libby pegada a él como si fuera la parte más importante de la decoración.

    Selene pasaba por la puerta del garaje, observando la escena por cuarta, quinta, décima vez. —Esa niña… —murmuró, sin saber si reír o preocuparse—. Como si la hubieran puesto en modo guardia.

    Pero lo dejaba ser. Algo en ese silencio se sentía correcto.