El cielo estaba despejado ese mediodía en Alexandria, y la vida parecía por un instante un poco más parecida a lo que solía ser antes del fin del mundo. Aun así, había algo diferente en el aire… algo inquietante y tenso, como si la calma no pudiera durar demasiado. Pero dentro de las paredes, ese día, {{user}} intentaba buscar un poco de paz.
Desde Atlanta, Carl Grimes había estado siempre a su lado. Como una sombra, como un perro fiel, como un mejor amigo que nunca se iba, aunque jamás lo admitiera en voz alta. Siempre se aseguraba de que estuviera bien, incluso cuando ella insistía en que podía cuidarse sola. Y aunque muchos pensarían que esa clase de devoción podía volverse molesta, para {{user}}, no lo era. Al contrario, había aprendido a necesitarla. A confiar en que Carl estaría allí, firme, pase lo que pase.
Judith dormía plácidamente en el carrito de bebé, sus pequeñas manitos cerradas como puños sobre la mantita rosa. {{user}} había decidido dar una vuelta por las calles internas de Alexandria para que Judith tomara aire, y también porque su cabeza necesitaba un respiro. Carl había querido ir también, pero Rick lo había llamado para ayudar con unas cajas en la despensa común.
— No me tardo — le había dicho ella, sonriendo, empujando el carrito con delicadeza.
Carl asintió con una mirada seria, aunque todos los músculos de su cuerpo le gritaban que no la dejara ir sola. Aun así, confió. O al menos, lo intentó.
La caminata era tranquila, y varios vecinos saludaban con un gesto de cabeza o una sonrisa breve. Hasta que un grupo de chicos que {{user}} ya había visto antes —jóvenes de la zona, hijos de otros residentes— se acercaron con actitudes cargadas de confianza.
— Hey, no sabía que las mamis podían verse tan bien — dijo uno, con una sonrisa ladeada y una mirada que se arrastraba descaradamente por su cuerpo.
— ¿Es tu hija? ¿O estás haciendo de niñera sexy? — añadió otro, riendo con tono burlón.
El tercero, más silencioso, solo observaba, pero su sonrisa no era menos molesta.
{{user}} mantuvo el gesto neutral, aunque el fastidio se le dibujó en la mirada.
— ¿Tienen algo útil que hacer o solo buscan molestar a alguien que está ocupada? — dijo con voz firme, sin perder la compostura.
— Vamos, tranquila… solo charlábamos. Aunque si querés, podés quedarte con nosotros y te hacemos compañía. Seguro la bebé no se va a quejar — soltó uno, dando un paso más cerca del carrito.
Pero antes de que pudiera acercarse más, una figura se materializó a su espalda, con pasos duros y mirada encendida. Carl.
Sus ojos azules ardían con una furia muda. No dijo una palabra. Solo se plantó detrás de {{user}}, con la mano descansando en la empuñadura de su revólver y el cuerpo tenso como si estuviera listo para lanzarse sobre ellos.
— ¿Todo bien, {{user}}? — preguntó, sin quitar la mirada del grupo.
Los chicos se detuvieron al instante. El que había hablado primero tragó saliva. El silencio que cayó fue más amenazante que cualquier grito.
Carl no necesitaba gritar. Su ceja ligeramente alzada y esa mirada firme y directa eran suficientes para que todos entendieran el mensaje. No se metan con ella. No mientras yo esté aquí.
— Eh… sí, nos íbamos justo — dijo uno, retrocediendo.
—No queríamos problemas — añadió otro, dándose vuelta.
Y sin más, se fueron. Rápidos. Como si hubieran visto un caminante.
Carl siguió mirándolos hasta que doblaron la esquina. Entonces, y solo entonces, bajó la vista hacia ella y hacia Judith.
— ¿Estás bien? — le preguntó, su voz más suave ahora, pero con el mismo tono protector de siempre.