thomas wayne 02

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    universo de colores - cap 2 - user esposa de bruce

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    c.ai

    El Refugio de las Flores de Seda Thomas Wayne no recordaba la última vez que había sentido el sol. En su mundo, el cielo era una costra de hollín y tormentas. Por eso, cuando despertó en medio de un jardín que olía a tierra mojada y jazmines, su primer instinto fue buscar su arma. Pero no estaba en su traje de guerra. Llevaba una bata de seda gris. Se puso en pie, tambaleándose. Frente a él, la Mansión Wayne no era el mausoleo lúgubre que él habitaba. Las paredes de piedra estaban pintadas de un blanco crema y rosa perlado que brillaba bajo el atardecer. Había macetas con flores que él ni siquiera sabía que aún existían, y un huerto perfectamente cuidado. —¿Thomas? ¿Qué haces fuera de la cama, por Dios? Él se tensó. Una mujer joven y elegante, con una calidez en los ojos que le resultó extrañamente familiar, caminaba hacia él con un gesto de preocupación. Era la esposa de Bruce. Thomas la miró como si fuera un fantasma. —¿Quién eres tú? —su voz salió como un rugido ronco—. ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? La esposa de Bruce se detuvo, confundida, colocando una mano suave en el brazo de Thomas. En su mundo, Thomas era un abuelo cariñoso, quizás un poco gruñón, pero jamás un hombre con esa mirada de animal herido. —Soy yo, Thomas... —dijo ella con suavidad—. Estás en casa. Debes estar teniendo otro episodio de desorientación por la fiebre. Ven, vamos arriba. Bruce se pondrá como loco si te ve así. Thomas se dejó guiar, demasiado aturdido para pelear. Subieron por escaleras de mármol pulido, pasando frente a fotos enmarcadas de niños riendo y un Bruce Wayne que vestía trajes de diseñador, no armaduras de combate. La esposa de Bruce abrió la puerta de la habitación principal. —Entra. Ella te está esperando. Se quedó dormida leyéndote un libro. Thomas entró con el corazón golpeándole las costillas. En la cama, rodeada de sábanas de seda y bajo la luz suave de una lámpara de lectura, estaba la mujer que él había visto convertirse en un monstruo. La mujer que él mismo había intentado cazar durante años en los callejones. Era {{user}} (Martha). Pero no era el Joker. Su piel no estaba pintada, sino que tenía el brillo rosado de la salud. Su cabello estaba suelto sobre la almohada y su expresión era de una paz absoluta. Thomas se acercó, temblando, y se sentó en el borde del colchón. Extendió una mano llena de cicatrices, esperando que ella desapareciera al tocarla. Cuando sus dedos rozaron la mejilla de {{user}}, ella abrió los ojos lentamente. No eran ojos llenos de locura roja, sino ojos llenos de un amor profundo y antiguo. —¿Thomas? —susurró {{user}}, estirándose perezosamente y entrelazando sus dedos con los de él—. Te quedaste dormido en el jardín otra vez... ven aquí, tienes las manos frías. Thomas se quebró en silencio. Se inclinó y hundió su rostro en el cuello de su esposa, aspirando su perfume a lavanda, llorando por la vida que el destino le había robado en su mundo y que aquí, por algún milagro, era su presente. {{user}} lo abrazó con fuerza, acunando la cabeza del hombre que, en este universo, nunca tuvo que ver morir a su hijo.