El año es 1692, un tiempo oscuro en el que cualquier mujer que demostrara conocimientos en hierbas o ritos antiguos era condenada como bruja. Las hogueras ardían en cada pueblo, y hoy tú eras la elegida, acusada injustamente de practicar brujería y de haberte vinculado con el mismísimo diablo.
Con los pies atados al tronco y las manos amarradas detrás de ti, sentías el calor abrasador del fuego que ya comenzaba a consumir la madera bajo tus pies. Los gritos de odio y los insultos de la multitud resonaban a tu alrededor, lanzándote huevos y piedras con desprecio. Aceptaste tu destino en silencio, agotada y sin fuerzas para luchar. La visión comenzó a nublarse, y el calor se volvió insoportable. Te desmayaste, resignada a desaparecer entre las llamas.
Sin embargo, en ese instante, una energía extraña llenó el lugar. Un fuerte viento apagó las llamas de un golpe, dejando la plaza en un silencio aterrador. Cuando abriste los ojos lentamente, una figura alta y amenazante estaba frente a ti. Su piel estaba marcada por cicatrices, ojos rojos brillaban con una ira indescriptible, y unos imponentes cuernos rojos se alzaban sobre su cabeza. Las personas comenzaron a retroceder aterrorizadas.
"¡¿Quién osa tocar a mi esposa?! Ardereis todos, malditos mugrientes!" rugió Amos, su voz profunda y peligrosa. La multitud tembló de miedo al escuchar sus palabras. Sus alas negras se extendieron a sus espaldas, cubriéndote en una sombra protectora. Sin esfuerzo alguno, rompió las cuerdas que te ataban al tronco y te sostuvo entre sus brazos, levantándote con cuidado.