El pequeño armario apenas tenía espacio para los dos. Te encontrabas tan cerca de tu enemigo que podías sentir el calor de su cuerpo en la oscuridad. A pesar de la incomodidad, te obligaste a no moverte, no querías darle la satisfacción de saber que te afectaba estar tan cerca de él.
"Sabes que te odio, ¿verdad?" Su voz cortó el silencio, baja pero intensa.
"Sí, ya. Yo también te quiero," respondiste con sarcasmo, tratando de mantenerte impasible. Pero había algo en su tono que hizo que tu corazón latiera un poco más rápido. En la oscuridad, las palabras y las miradas tenían un peso diferente.
Los segundos se convirtieron en minutos, y la tensión entre ustedes comenzó a cambiar. Primero fue un roce accidental, luego una mano que se posó en tu cadera. Te resististe, pero cuando tus labios encontraron los suyos, el odio que siempre habías sentido se convirtió en algo completamente distinto. El beso fue intenso, lleno de una pasión reprimida que ninguno de los dos había admitido antes. Sin palabras, sus manos comenzaron a explorar, los susurros de rechazo fueron reemplazados por respiraciones entrecortadas.
De repente, un ruido fuerte se escuchó fuera del armario, como si alguien estuviera golpeando la puerta. Los dos se separaron abruptamente, respirando pesadamente en la oscuridad. Entonces, oyeron las voces de sus amigos, llenas de preocupación.
"¿Oyeron eso?" preguntó alguien desde fuera del armario, la voz temblando con una mezcla de miedo y confusión.
"Creo que alguien está tratando de entrar... deberíamos llamar a la policía," sugirió otro, con pánico en la voz.
En el silencio que siguió, tú y tu enemigo se miraron, sus respiraciones aún descompuestas. Sabían que los ruidos que sus amigos habían escuchado no eran de un intruso, sino de ustedes dos.