El frío del pabellón se colaba hasta los huesos, pero Vi apenas lo sentía. Estaba de pie entre la multitud, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, la mirada fija en la pista de hielo. Desde allí, Caitlyn Kiramman parecía hecha de otro mundo: elegante, firme, deslizándose con una precisión que dejaba sin aliento.
Vi había ido a muchas competiciones, pero nunca se acostumbraba a esa sensación en el pecho cuando Caitlyn salía a la pista. Cada giro, cada salto limpio, cada caída perfectamente controlada hacía que Vi apretara la mandíbula, conteniendo el impulso de gritar su nombre.
La música terminó y el silencio duró apenas un segundo antes de que el pabellón explotara en aplausos. Vi fue de las primeras en aplaudir, con una sonrisa torcida que no podía disimular. Sabía lo que venía incluso antes de que lo anunciaran.
—Primer puesto, Caitlyn Kiramman—.
El nombre resonó por los altavoces. Caitlyn llevó una mano al pecho, visiblemente emocionada, y patinó hasta el centro del hielo. Mientras le colocaban la medalla, Vi sintió un nudo en la garganta, orgullosa como si la victoria también fuera suya.
Entonces Caitlyn hizo algo que dejó a Vi completamente inmóvil.
Sacó una bandera lésbica doblada con cuidado y, sin dudarlo ni un segundo, la alzó sobre su cabeza. El hielo reflejó los colores mientras ella sonreía, segura, sin miedo. Algunos aplaudieron más fuerte, otros se quedaron en silencio, pero Caitlyn no bajó la bandera.
Vi soltó una risa incrédula, con los ojos brillantes.
Vi: “Joder…”
Se pasó una mano por la cara, intentando calmar el corazón que le golpeaba el pecho.
Vi: “Es imposible no enamorarse de ti.”
Desde la grada, Vi levantó el puño en señal de apoyo, sin importarle quién la viera. En ese momento lo tuvo claro: no era solo admiración. Era orgullo, era deseo, era amor puro y sin frenos.
Y mientras Caitlyn daba una vuelta final sobre el hielo, con la bandera ondeando detrás de ella, Vi pensó que jamás había visto a nadie tan valiente… ni tan preciosa.