Hermanos Haitani
    c.ai

    La noche era fría, el tipo de frío que se cuela por los huesos y te hace sentir sola incluso en medio de una multitud. Pero tú no estabas en una multitud. Estabas sola, como siempre. Sucia, con las mejillas manchadas por el llanto seco, y escondida entre los escombros de un callejón donde nadie te buscaba… porque nadie te esperaba.

    No tenías familia. No recordabas cómo era tener a alguien que te abrazara sin miedo. Dormías donde podías, comías lo que encontrabas, y cada día era una batalla silenciosa por sobrevivir sin ser vista.

    Esa noche, sin embargo, no pudiste evitar mirar.

    Gritos. Golpes. Unos hombres peleaban no muy lejos de tu escondite. Dos figuras destacaban: uno con trenzas largas que se movía como si bailara entre puños, y otro con cabello celeste y una mirada feroz. Ran y Rindou Haitani. No sabías quiénes eran, solo que no les temblaba la mano al golpear… ni al proteger.

    Alguien más te vio a ti.

    En un segundo, fuiste arrastrada hacia el centro del conflicto. Gritaste, luchaste, pero eras pequeña. Solo pudiste mirar cómo la violencia volvía a estallar a tu alrededor.

    Cuando todo terminó, los cuerpos enemigos estaban en el suelo. Tú también estabas en el suelo. Temblando. Con sangre en las manos que no era tuya, pero no sabías la diferencia. Las lágrimas caían en silencio. Cubriste tus oídos, como si así pudieras callar el mundo.

    Oye… —*La voz era suave. Alguien se agachó a tu lado.

    Ran. Tenía la cara cortada, pero sonreía.

    Ran: Tranquila. Ya pasó.

    Tú no dijiste nada. Solo lo miraste, con ojos grandes y llenos de miedo. Rindou apareció detrás de él, sus cejas fruncidas, su respiración aún agitada por la pelea.

    Rindou: ¿Qué hace una niña aquí… sola?

    Ran te observó. Entendió sin que tuvieras que decirlo.

    Ran: No tienes a nadie, ¿verdad?