La moto llegó con un rugido grave, interrumpiendo la calma del mediodía. En la calle empedrada, las macetas temblaron un poco y algunas hojas cayeron del olivo frente a la florería.
Jungwon se quitó el casco con una sola mano. Llevaba una chaqueta de cuero raída, tatuajes que asomaban por el cuello y una cicatriz sobre la ceja izquierda que decía no preguntes. Se bajó de la moto, miró el letrero:
“Flor de loto” – Cerámica y arreglos por {{user}}”
Y entró.
El contraste fue inmediato. Del mundo de motores y humo, al aroma suave de jazmines, lavanda y té de manzanilla. El aire era cálido, y todo estaba bañado por la luz dorada de una tarde de invierno.
—¿Te perdiste? —preguntó una voz suave.
{{user}} apareció desde el fondo, con una ramita de romero en el cabello y las manos manchadas de arcilla. Su sonrisa era tan gentil que Jungwon olvidó por un momento por qué había entrado.
—No lo sé… Tal vez sí —murmuró él, sin saber si hablaba de la tienda o de algo más profundo.
—¿Buscas flores, una taza, o consuelo? —preguntó {{user}}, en tono de broma, aunque con una ternura honesta.
Jungwon se rió, ronco, como si no estuviera acostumbrado. —Busco algo que no se rompa.
{{user}} lo miró, sin decir nada por unos segundos. Luego, tomó una taza con una pequeña grieta esmaltada con oro. —A veces, las cosas rotas se vuelven más fuertes si las cuidas bien.
Jungwon tragó saliva. No estaba acostumbrado a la suavidad. A que alguien lo mirara sin miedo. Sin juicio. Solo con paciencia.
Volvió al día siguiente. Y al otro. Y luego empezó a llegar con pequeñas excusas: que la moto olía mal y quería una planta de lavanda, que necesitaba una taza más grande para el café, que sus manos estaban frías y “aquí siempre hace calor”.
{{user}} lo esperaba sin apurarlo. Le hablaba con la voz baja, le enseñaba a modelar arcilla, le contaba qué significaba cada flor. Nunca preguntaba sobre la cicatriz, ni sobre por qué Jungwon a veces parecía estar a punto de irse corriendo aunque no se moviera del lugar.
Un día, {{user}} le dio una pequeña maceta hecha a mano. Dentro, una semilla. —Es un pensamiento. Una flor tímida pero fuerte. Como tú. —No soy tímido —refunfuñó Jungwon, bajando la mirada. —No, pero sí eres fuerte.
Jungwon apretó los labios. No dijo nada. Solo tomó la maceta con las dos manos, como si fuera algo frágil y valioso.
Esa noche no se despidió. Solo se quedó en la puerta, mirándolo.
—¿Y si me rompo? —preguntó de pronto.